18 de agosto de 2026

El Gobierno apuesta por la IA sin regulaciones: Una visión riesgosa y sin consenso

La IA puede ser “el mayor cambio tecnológico de la historia”, como dijo Reidel. Pero la historia demuestra que los cambios sin dirección y sin regulación suelen derivar en consecuencias difíciles de revertir.

Ph: Agencia NA

En un contexto global donde los debates sobre los límites éticos y normativos de la Inteligencia Artificial (IA) se intensifican, el gobierno argentino, en voz del jefe de asesores presidenciales Demian Reidel, optó por un camino radicalmente opuesto: desarrollar IA sin regulaciones.

“No queremos tiros en los pies con regulaciones que no le importan a nadie”, sostuvo Reidel durante una charla en el Rotary Club, encendiendo la polémica sobre el enfoque de la administración de Javier Milei respecto a una de las tecnologías más disruptivas del siglo.

Un modelo de «libertad absoluta» con riesgos no calculados

La postura del gobierno nacional es clara: atraer inversiones en IA renunciando a establecer marcos regulatorios. Para Reidel, poner límites legales al desarrollo de esta tecnología sería desincentivar a los inversores. Sin embargo, la afirmación de que las regulaciones “no le importan a nadie” contrasta con la tendencia de países como los de la Unión Europea, que acaban de aprobar una legislación pionera para controlar los usos riesgosos de la IA, o Estados Unidos, que también avanza con iniciativas regulatorias.

¿Puede Argentina convertirse en un hub global de IA sin atender a los dilemas éticos, sociales y de seguridad que la misma tecnología plantea? Para muchos especialistas, el problema no es solo atraer data centers, sino decidir bajo qué condiciones operarán y a quién beneficiarán.

El experimento argentino en manos de un “modelo Gillette nuclear”

La exposición de Reidel fue más allá de la IA. Minutos antes de asumir la presidencia de la estatal Nucleoeléctrica S.A., el asesor reveló detalles del ambicioso «Plan Nuclear Argentino», donde comparó el futuro modelo de exportación de energía atómica con el negocio de la empresa Gillette: “vendemos el reactor barato, y cobramos caro el combustible”. Una metáfora desafortunada para una industria de alto impacto geopolítico, que implica riesgos ambientales, estratégicos y de seguridad nacional.

En su visión, Argentina podría convertirse en una potencia energética exportadora, aliada a la demanda de energía estable y limpia que requerirá la IA global. La narrativa suena atractiva, pero carece —por ahora— de una hoja de ruta técnica, ambiental o legal que sustente tales proyecciones. Mientras se habla de convertir al país en un jugador global, las tensiones internas, las restricciones presupuestarias y el vaciamiento progresivo de las áreas científicas del Estado ponen en duda la viabilidad de semejante empresa.

Sin regulación, ¿sin soberanía?

Apostar por el desarrollo de inteligencia artificial sin regulación es una decisión política, pero también ideológica. Es un experimento con consecuencias que aún no se dimensionan: ¿qué pasará si las plataformas alojadas en Argentina reproducen sesgos, violaciones a la privacidad o desinformación masiva? ¿Quién se hace responsable si los algoritmos fallan o discriminan?

Reidel sostiene que regular es espantar capitales. Pero también es renunciar a definir las reglas del juego. Y en un sector tan estratégico, ceder ese control es ceder soberanía.

La Argentina que imagina el gobierno de Milei parece proyectarse como un paraíso libertario para la tecnología: sin reglas, sin restricciones, con promesas de exportación y slogans disruptivos. Pero detrás de ese relato de innovación desregulada, se esconde un riesgo concreto: que el país se convierta en campo de prueba de intereses globales sin capacidad de decisión real sobre su futuro.

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