17 de agosto de 2026

Crisis en las mesas argentinas: el consumo de carne cae al nivel más bajo de los últimos 30 años

¿Hasta cuándo se podrá sostener una economía que crece en las estadísticas pero no llega al plato de los argentinos? La respuesta, como tantas veces en la historia del país, no se encuentra en los discursos, sino en la góndola. Y en la carne que ya no está.

En un país históricamente asociado a la carne vacuna como símbolo cultural, económico e identitario, el dato no pasa desapercibido: el consumo de carne en Argentina cayó al nivel más bajo en tres décadas.

Con un promedio anual de apenas 47,8 kilos por habitante, la cifra refleja no solo un cambio en los hábitos alimentarios, sino, sobre todo, el golpe brutal de la crisis económica sobre los hogares argentinos.

Según los últimos datos del sector, el consumo de carne acumula 16 meses consecutivos de retrocesos. Solo en marzo, la caída mensual fue del 2,7%, mientras que la baja interanual alcanzó un preocupante 5,4%. Estos números no se explican por una súbita conciencia vegetariana de la población, sino por la persistente pérdida del poder adquisitivo. La inflación, que continúa descontrolada, y la caída real de los salarios han obligado a millones de familias a reemplazar la carne por opciones más baratas o directamente resignar su presencia en la mesa.

A pesar de que la actividad económica mostró un leve repunte del 5,7% en febrero, el consumo masivo de alimentos y productos básicos se desplomó: cayó un 14% en marzo y un 8,5% en el acumulado del primer trimestre de 2025. En paralelo, los precios de los principales cortes de carne subieron más del 30% en pocos meses, una combinación letal para los sectores más vulnerables y también para la clase media.

En este panorama de retracción interna, el gobierno nacional ha optado por una estrategia que privilegia el mercado externo. Desde enero de 2024, quedaron nuevamente habilitadas las exportaciones de cortes populares como el asado, vacío, falda y matambre. Esta medida, celebrada por los frigoríficos y los grandes exportadores, contrasta con la dificultad creciente de los argentinos para acceder a los mismos productos que se envían al exterior.

La política oficial, lejos de intervenir para garantizar el abastecimiento interno o controlar los precios, parece haber cedido completamente al interés de los sectores más concentrados del negocio cárnico. La consecuencia es una doble fractura: económica, entre quienes pueden y quienes no pueden acceder a la carne, y simbólica, entre la identidad alimentaria del país y la realidad que golpea sus cocinas.

La caída del consumo de carne no es un dato menor: es una señal clara del deterioro del contrato social básico, ese que asegura que al menos haya un plato digno sobre la mesa. Y cuando ni el asado del domingo está al alcance, la promesa de bienestar se vuelve tan escasa como el corte de carne en el mostrador del almacén.

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