Patricia Bullrich traslada a genocidas a una cárcel VIP
¿Puede una democracia madura permitirse suavizar las condiciones de encierro de sus peores criminales sin afectar su compromiso con la memoria y la justicia? La polémica está instalada y las respuestas, por ahora, son más preocupantes que tranquilizadoras.

En una decisión que despierta fuerte repudio por parte de organismos de derechos humanos y sectores de la sociedad civil, el Ministerio de Seguridad encabezado por Patricia Bullrich avanza en el traslado de 19 represores condenados por crímenes de lesa humanidad desde el penal de Ezeiza hacia la Unidad 34 de Campo de Mayo, según consignó Crónicas Políticas. La medida ha sido calificada como un retroceso en la política de memoria, verdad y justicia, y pone en el centro del debate el tratamiento que reciben quienes participaron activamente del aparato represivo durante la última dictadura militar.
Entre los beneficiados por el traslado figuran nombres emblemáticos del terrorismo de Estado como Alfredo Astiz, Ricardo Cavallo, Adolfo Miguel Donda y Carlos Guillermo Suárez Mason. Todos ellos fueron condenados por su participación directa en secuestros, torturas, desapariciones y asesinatos cometidos durante el régimen cívico-militar entre 1976 y 1983.
La Unidad 34, destino previsto para estos condenados, ha sido objeto de duras críticas por parte de organizaciones como Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, que denuncian que esta prisión funciona en los hechos como un «resort para genocidas».
Las instalaciones incluyen canchas de tenis, pistas de caminata, gimnasio equipado, huertas, heladeras cada dos internos y televisores personales. Además, se destaca su cercanía al Hospital Militar, lo que facilitaría la atención médica sin necesidad de traslados externos.
Desde el Ministerio de Seguridad justifican la medida asegurando que la Unidad 34 «cuenta con todas las comodidades necesarias» y que se garantizará continuidad en el tratamiento de los detenidos, ya que incluso se trasladarán sus celadores desde Ezeiza.
No obstante, el tono tecnocrático de la explicación contrasta con la gravedad ética y simbólica de lo que implica otorgar beneficios a quienes fueron responsables de crímenes considerados imprescriptibles por el derecho internacional.
El traslado no sólo reabre heridas en una sociedad que aún lucha por consolidar la justicia transicional, sino que además envía un mensaje inquietante sobre la valoración institucional del pasado reciente. Mientras en otros países se redoblan los esfuerzos por castigar a los responsables de crímenes de Estado, en Argentina crece el temor a una política de retroceso encubierta bajo argumentos administrativos o sanitarios.
La decisión de Bullrich, lejos de ser un hecho aislado, parece formar parte de un cambio de enfoque más amplio respecto al legado de la dictadura. La crítica no radica únicamente en el traslado físico de los represores, sino en lo que esa medida representa: una señal de indulgencia, una flexibilización del castigo y una peligrosa normalización del trato privilegiado a quienes violaron sistemáticamente los derechos humanos.
