5 de mayo de 2026

Vivir con miedo, el minuto a minuto de un robo y una intervención policial que deja mucha tela para cortar

Vivir con miedo, no es vivir. Un delincuente entró a una casa del barrio Juan XXIII y se llevó un celular, unos recuerdos de gran valor emocional pero escaso valor económico y una billetera con unos pocos pesos. “Si gritas te mato”, le dijo a la jovencita que reside en el lugar y ésta, en un arrebato de valentía, tomó un cuchillo y lo ahuyentó a los gritos. Fue poco, o casi nada lo que se llevó, pero dejó el miedo, ese miedo que paraliza la sangre y no se va con facilidad.

Esta es la realidad de una familia que fue violentada en su intimidad y que sintió en carne propia la impotencia de saberse desprotegidos, porque cuando acudieron a la Policía, se toparon con una realidad que no esperaban.

Todo comenzó alrededor de las 5:30 del martes cuando un desconocido ingresó a la vivienda de un hombre de más de 80 años que vive con su nieta. El objetivo era llevarse elementos de valor, pero no contó con la posibilidad de ser descubierto por la joven. Tomó lo que encontró en su camino, amenazó de muerte a la muchacha y huyó.

La familia lo primero que hizo fue intentar comunicarse con la Comisaría Segunda, pero, nadie contestó el teléfono. Luego alguien les dijo que llamaran al “radiocomando”, media hora posterior, un patrullero llegó al lugar.

Eran las 6 y ya nadie podía dormir. Los policías preguntaron por la vestimenta del sujeto y la dirección que habría tomado al huir y en teoría, salieron a buscarlo.

A las 6:15, llegó el padre de la muchacha e hizo lo mismo que los uniformados pero ellos ya no estaban de recorrido por la zona. A las 8, cansado de dar vueltas, el padre de la joven se dirigió a la Comisaría y se enfrentó con un primer obstáculo.

Al querer radicar la denuncia, los policías le informaron que uno de los damnificados debía hacerla, por lo que fue a buscar a su hija.

En el camino se encontró con un vecino a quien le comenta el suceso vivido y éste le manifestó que había visto a un sujeto a unos 100 metros de la casa, lo identificó con nombre y apellido, el cual merodeaba la zona y casualmente vestía de igual forma como se lo había contado su hija.

Otros vecinos le señalaron al mismo sospechoso, es más le habrían advertido que “anduvo toda la tarde y noche recorriendo el barrio, viendo qué robar”.

Con todos esos datos, la joven y su padre, en nombre del adulto mayor, pudieron radicar la denuncia no sin antes ser advertidos por los policías, de que la misma se puede hacer pero “sin mencionar nombres”. La razón era una sola, la Policía se maneja con pruebas y no con dichos de vecinos.

La situación iba caldeándose de a poco. Cuando el padre de la joven les preguntó si saldrían a buscar al ladrón, la respuesta fue categórica, no se puede porque son 3 agentes para cubrir el servicio de calle, con un solo móvil, y con 35 detenidos para cuidar.

Los denunciantes querían saber quién era el fiscal y ese detalle también les fue negado en la Seccional. Con un sabor a bronca volvieron a la casa y el hombre tuvo que quedarse con sus moradores que sentían pánico de que el malviviente volviera a cumplir con sus amenazas.
No hubo personal realizando pericias en la casa, no hubo un relevamiento de pruebas ni se interesaron por la versión de la familia. Tampoco una medida judicial que ordene algún tipo de protección para la joven quien había salido gritando y con un cuchillo en la mano a defender su propiedad. ¡Qué locura!

Es probable que no encuentren al responsable ni recuperen el bien sustraído. O tal vez sí. Pero lo más preocupante es que las víctimas experimentaron esa sensación de desprotección, por el hecho delictivo en si mismo y por la apatía y desinterés de quienes deberían cuidarlas.

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