Pluriempleo, plataformas y precariedad: el nuevo rostro del trabajo en la Argentina
El mapa laboral argentino atraviesa una transformación que desnuda las grietas del modelo económico libertario: el empleo formal privado sigue estancado, los salarios continúan en caída y la economía de plataformas se consolida como el último refugio para miles de trabajadores que buscan sobrevivir.

El modelo de las tres P —pluriempleo, plataformas y precariedad— ya no es una tendencia marginal, sino el síntoma más claro de una crisis estructural.
Según un informe del CETyD (UNSAM), la tasa de desocupación alcanzó 7,9% en el primer trimestre de 2025, la más alta desde 2021. En paralelo, los salarios reales siguen 15% por debajo de los niveles de 2017, y el empleo formal privado permanece congelado desde mediados de 2024, a pesar de un leve repunte en la actividad económica.
En este escenario, crecen las estrategias de supervivencia: el pluriempleo pasó del 8% al 12% en la última década, mientras proliferan trabajos informales e independientes, especialmente en plataformas digitales.
Aplicaciones de reparto, transporte y comercio electrónico se presentan como salidas “rápidas”, pero a un costo social enorme: inestabilidad, ausencia de derechos y cero protección social. No hay licencias, aguinaldos, aportes ni seguridad laboral. El supuesto “emprendedorismo” es, en realidad, la traducción contemporánea de la precarización masiva. El informe señala que 90 mil nuevos independientes en comercio, 110 mil asalariados informales en transporte y gastronomía y 160 mil trabajadores sin registro en hoteles y restaurantes son la cara visible de esta expansión, potenciada por la falta de políticas de empleo genuino.
Peor aún: la estadística oficial no logra dimensionar este fenómeno. El trabajo en plataformas sigue siendo una “zona gris”, invisible para encuestas y registros previsionales, lo que diluye la posibilidad de diseñar regulaciones y políticas públicas efectivas. La Ley Bases, en lugar de frenar esta precarización, la estimula al flexibilizar la contratación bajo figuras como el monotributo, transformando derechos en “costos” y desprotegiendo aún más a los trabajadores.

El diagnóstico es claro: las plataformas no son la solución al desempleo, son un parche precario en un modelo económico que privilegia el ajuste sobre la producción y el empleo formal. Mientras el Gobierno celebra la baja de la inflación como único logro, la sociedad enfrenta la consolidación de un mercado laboral frágil, desigual y sin horizonte de estabilidad.
¿El riesgo? Que esta combinación de desempleo, subempleo y pérdida de derechos se normalice como “nueva realidad”. Un país que convierte el agua en mercancía y el trabajo en un algoritmo corre el peligro de dinamitar la base misma de su tejido social.
