Milei niegó uso político de los servicios de inteligencia: “Este gobierno que no persigue opositores”
En respuesta a versiones periodísticas, la Oficina del Presidente aseguró que el Plan de Inteligencia Nacional es secreto y busca promover intereses estratégicos, no fines partidarios.

En un inusual comunicado difundido este domingo, la Oficina del Presidente Javier Milei desmintió públicamente versiones periodísticas que señalaban presuntas intenciones políticas detrás del nuevo Plan de Inteligencia Nacional.
En el texto oficial, el Gobierno defendió la confidencialidad del documento, aseguró que se trata de una herramienta estratégica y negó categóricamente que el sistema de inteligencia se utilice para perseguir opositores.
“El Presidente Javier Milei ordenó reconstruir el Sistema de Inteligencia Nacional, destruido por las anteriores administraciones en su afán de saldar internas políticas abusando de sus recursos”, indicó el comunicado, que también acusó a gestiones previas de haber manipulado la antigua SIDE (Secretaría de Inteligencia del Estado) con fines partidarios.
Con esta declaración, Milei busca diferenciar su gobierno de los escándalos de espionaje que han salpicado a distintas administraciones en las últimas décadas, incluidas las del kirchnerismo y el macrismo. “Este es el primer gobierno en décadas que ha tomado la decisión política de no utilizar la SIDE para perseguir opositores, periodistas o adversarios políticos”, sostuvo el texto oficial.
La pieza clave de esta controversia es el Plan de Inteligencia Nacional, calificado en el comunicado como un “documento secreto” al que solo tienen acceso el Presidente, la Secretaría de Inteligencia y la Comisión Bicameral Permanente de Fiscalización del Congreso. Según la versión del Ejecutivo, el plan tiene como objetivo “promover los intereses estratégicos de la Argentina” y no puede ser debatido públicamente por su carácter confidencial.
La mención explícita al carácter secreto del documento puede interpretarse como una respuesta directa a los cuestionamientos sobre la falta de transparencia y a sospechas de potencial uso indebido de los mecanismos de inteligencia. Sin embargo, al mismo tiempo, plantea interrogantes sobre los controles efectivos que existen sobre esta política sensible, y en qué medida los actores institucionales —como el Congreso— tienen capacidad real de supervisión.
El trasfondo político también es evidente. En un contexto de creciente polarización y con múltiples frentes de conflicto abiertos, el gobierno de Milei intenta posicionarse como una gestión “reformadora” y “no partidaria” frente a un aparato estatal que —según su diagnóstico— fue históricamente manipulado con fines de control interno, vigilancia política y represalias encubiertas.
No obstante, la referencia a versiones periodísticas no fue acompañada por una aclaración concreta sobre cuáles eran los contenidos divulgados ni los medios involucrados. Esta omisión, sumada al hermetismo del plan, puede abrir la puerta a nuevas controversias sobre el nivel de apertura y rendición de cuentas de las políticas de seguridad e inteligencia del actual gobierno.
El tema promete continuar en la agenda pública, tanto por el delicado equilibrio entre seguridad nacional y control democrático, como por la centralidad que Milei le otorga a la disputa narrativa en los medios y redes sociales. En un gobierno que se ha caracterizado por el enfrentamiento con el periodismo tradicional y la comunicación directa a través de canales oficiales y redes, el control de la información sobre áreas estratégicas se vuelve tanto un instrumento de poder como un terreno de conflicto.
Así, el presidente no solo defiende la confidencialidad de un plan de inteligencia, sino que redobla la apuesta política: se presenta como el garante de un sistema que, bajo su gestión, no será herramienta de persecución ni de espionaje interno. El tiempo y los hechos dirán si esa promesa se sostiene.
