15 de abril de 2026

Ingresos en Argentina: desigualdades estructurales y un mercado laboral fragmentado

La economía argentina continúa reproduciendo un patrón caracterizado por la concentración del ingreso, la segmentación del mercado laboral y brechas persistentes que limitan las posibilidades de una distribución más equitativa.

El último informe sobre distribución del ingreso en Argentina correspondiente al cuarto trimestre de 2025 traza un panorama que combina cierta estabilidad en los indicadores generales con profundas desigualdades que se mantienen intactas.

Aunque el trabajo continúa siendo la principal fuente de ingresos, su capacidad de garantizar condiciones equitativas aparece limitada por múltiples factores estructurales.

Actualmente, el 62,6% de la población percibe ingresos, con un promedio que supera el millón de pesos. Sin embargo, este dato agregado oculta una marcada dispersión: los sectores de menores recursos registran ingresos muy por debajo de esa media, mientras que los estratos más altos concentran cifras significativamente superiores. Esta brecha evidencia que el crecimiento de los ingresos no se distribuye de manera homogénea.

El mercado laboral, lejos de ser un espacio integrado, se presenta altamente segmentado. La diferencia entre promedio y mediana salarial confirma que una gran parte de los trabajadores se ubica en los niveles más bajos de la escala. A medida que se avanza en los deciles de ingreso, los aumentos no son progresivos sino escalonados, lo que refuerza la idea de un sistema fragmentado con oportunidades desiguales.

Uno de los ejes más determinantes de esta desigualdad es la formalidad laboral. Los trabajadores registrados prácticamente duplican los ingresos de quienes se desempeñan en la informalidad, consolidando una brecha que no solo impacta en el presente, sino también en la protección social futura. Esta diferencia revela que el acceso a derechos laborales sigue siendo un factor clave en la distribución del ingreso.

A esto se suma una persistente desigualdad de género. Las mujeres continúan percibiendo ingresos considerablemente menores que los varones, una disparidad que atraviesa todos los niveles de la distribución y que da cuenta de limitaciones estructurales en el acceso y las condiciones del empleo.

En términos generales, la desigualdad se mantiene elevada. El coeficiente de Coeficiente de Gini muestra una leve mejora, pero la distancia entre los extremos permanece inalterada: el sector más rico obtiene ingresos que multiplican varias veces los del más pobre. Esta concentración se refleja también en la apropiación del ingreso total, donde una minoría concentra una proporción significativa de los recursos.

En los sectores de menores ingresos, la vulnerabilidad se profundiza por la dependencia de fuentes no laborales, como transferencias estatales o jubilaciones. A su vez, la alta proporción de personas sin empleo o sin ingresos dentro de estos hogares incrementa la presión sobre quienes sí generan recursos, configurando un esquema de fragilidad estructural.

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