20 de mayo de 2026

Ser pobre cuesta más: una familia tipo necesitó $1.100.267 en marzo para no caer en la pobreza

La radiografía social del país vuelve a encender las alarmas. Según los últimos datos publicados por el INDEC, una familia tipo de cuatro integrantes necesitó en marzo más de $1,1 millones para no ser considerada pobre, cifra que representa un aumento del 4% respecto al mes anterior y que confirma el constante deterioro del poder adquisitivo en la Argentina actual.

Mientras el Gobierno busca reforzar su narrativa de control de la inflación y estabilización macroeconómica, las cifras del costo de vida revelan otra realidad: los productos esenciales y servicios básicos aumentan incluso más que el índice general de precios, y con ello, la pobreza y la indigencia continúan en ascenso.

Una línea de pobreza que se aleja cada mes

El nuevo valor de la Canasta Básica Total (CBT) –$1.100.267 en marzo– no solo marca un nuevo récord, sino que expone la creciente dificultad de miles de familias argentinas para sostenerse por encima de la línea de pobreza. Esta canasta contempla no solo alimentos, sino también indumentaria, transporte, salud, educación y servicios básicos, es decir, todo lo necesario para llevar una vida digna sin caer en la exclusión.

La variación mensual del 4% es aún más significativa si se la compara con los datos de inflación general (3,7% en marzo), lo que indica que los gastos esenciales crecen por encima del promedio. Este desfasaje es especialmente preocupante porque afecta más intensamente a los hogares con menos ingresos, que destinan un mayor porcentaje de sus recursos a bienes básicos.

Indigencia en alza: la alimentación mínima también se encarece

El dato de la Canasta Básica Alimentaria (CBA) no es menos alarmante: con un incremento mensual del 5,9%, alcanzó los $495.616. Esta canasta define la línea de indigencia, y su aceleración refleja cómo el costo de la subsistencia mínima también se vuelve cada vez más inaccesible.

Este aumento, superior al de la CBT y al de la inflación general, acentúa la emergencia alimentaria en amplios sectores sociales, en especial en aquellas regiones del país donde los ingresos están congelados o incluso en retroceso en términos reales.

Una presión insostenible sobre los hogares

Los datos oficiales llegan en un contexto donde los salarios reales siguen perdiendo terreno, el empleo informal crece, y las políticas sociales no logran amortiguar el impacto del ajuste. Mientras tanto, los precios de los alimentos, el transporte y la educación –rubros centrales en la composición de estas canastas– no dejan de subir.

La fragilidad económica de buena parte de la población se convierte en una bomba de tiempo social. Cada punto de inflación, cada suba en la canasta, se traduce en miles de nuevos pobres o indigentes, y en una mayor presión sobre las redes de contención, tanto estatales como comunitarias.

¿Hacia dónde va el modelo económico?

Este salto en el costo de vida, en paralelo con el anuncio de un nuevo acuerdo con el FMI, plantea serias dudas sobre el impacto social del rumbo económico adoptado por el gobierno de Javier Milei. El ajuste fiscal, la desregulación de precios y la contención del gasto público, hasta ahora, no han logrado frenar la inflación, pero sí están generando un fuerte retroceso en las condiciones materiales de vida para millones de argentinos.

En este escenario, la discusión ya no es solo técnica ni macroeconómica: es profundamente social y política. Si el crecimiento del país no se traduce en mejora de ingresos, acceso a bienes básicos y reducción de la pobreza, entonces el modelo queda en deuda con la ciudadanía.

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