Química suiza se va del país: 50 trabajadores en la calle
La salida de la multinacional química suiza Clariant de la Argentina, con el cierre definitivo de su planta en Zárate y el despido de 50 trabajadores, vuelve a encender las alarmas sobre el proceso de desindustrialización que se profundiza en el país.

La compañía dejará de producir localmente para pasar a un esquema de comercialización de productos importados desde Brasil, en una decisión que refleja el cambio de paradigma económico que favorece la apertura irrestricta y penaliza la producción nacional.
El anuncio, realizado a través de un comunicado oficial dirigido a proveedores, clientes y al Sindicato Químico de Zárate, incluyó la promesa de pagar las indemnizaciones correspondientes. Sin embargo, eso no evita el impacto social directo y la desarticulación del entramado productivo local, sobre todo en un distrito con fuerte presencia industrial como Zárate.
La empresa justificó su partida con una ambigua “evaluación de opciones estratégicas”. En los hechos, la estrategia elegida fue abandonar la producción en Argentina y convertir el mercado local en un mero destino de importaciones, dejando sin empleo a medio centenar de trabajadores. La decisión llega en medio de un escenario económico recesivo agravado por las políticas del gobierno de Javier Milei, que recortan incentivos a la industria y debilitan las herramientas estatales de protección laboral.
Una postal repetida de la recesión industrial
El caso Clariant no es aislado. Se suma a una larga cadena de cierres, despidos y suspensiones en el sector industrial bonaerense: Alpek, otra empresa química de la zona, había intentado despedir a 29 trabajadores en mayo, aunque la medida fue revertida tras la intervención del Ministerio de Trabajo provincial y la presión del gremio. Más recientemente, Molinos Río de la Plata fue escenario de despidos en Esteban Echeverría, lo que motivó un paro por tiempo indeterminado convocado por el STIA. En ese mismo distrito, Dánica cerró su planta de Llavallol, y en Pilar, Kimberly-Clark dejó sin empleo a más de 200 personas tras el cierre de su planta de pañales Huggies.
Estos casos, distribuidos geográficamente pero articulados por una misma lógica económica, revelan un patrón alarmante de desindustrialización: empresas que abandonan la producción local y migran hacia modelos de importación, aprovechando un contexto de tipo de cambio libre, desregulación comercial y reducción del poder de fiscalización del Estado.
Especulación y ausencia de política industrial
Desde los gremios se advierte que muchas de estas decisiones responden a estrategias especulativas, no necesariamente a crisis reales de rentabilidad. En un país donde el salario en dólares se ha desplomado y el consumo interno se achica, las empresas parecen encontrar más beneficios en importar productos terminados que en sostener fábricas, empleos y cadenas de valor local.
El cierre de Clariant es una señal más de que, sin una política industrial activa y una firme defensa del trabajo, Argentina corre el riesgo de volver a ser un país que exporta materias primas e importa productos elaborados. El Estado nacional ha estado ausente ante estos procesos, sin medidas concretas para impedir el desmantelamiento del aparato productivo ni para proteger a los trabajadores afectados.
Lo que está en juego no es solo la estabilidad de 50 familias en Zárate, sino la viabilidad de un modelo de país industrial, soberano y con empleo digno. La creciente ola de despidos y cierres industriales debería poner en alerta a toda la sociedad: cada planta que se apaga es una parte del país que se desintegra.
Frente a la inacción del Gobierno, los gremios comienzan a organizarse y a plantear medidas de fuerza. Pero el problema no es solo sectorial: es estructural. Y exige una respuesta política que todavía no aparece.
