Crisis industrial sin precedentes: la capacidad instalada se hunde a niveles históricos, alerta sobre el rumbo económico
Con apenas un 54,4% en marzo de 2025, el indicador marcó el tercer peor inicio de año en la serie histórica, solo por encima de los fatídicos 2020 (pandemia) y 2024, en los que la industria también sufrió un parate masivo.

Los recientes datos publicados por el INDEC confirman lo que los sectores productivos vienen advirtiendo desde hace meses: la industria argentina atraviesa una crisis profunda, reflejada con crudeza en el desplome del uso de su capacidad instalada.
Pero esta vez no hubo virus ni confinamientos: el freno lo impuso la recesión provocada por las políticas del propio Gobierno. La gestión de Javier Milei parece haber profundizado el deterioro que comenzó en 2024 con medidas de ajuste, desregulación comercial y retracción del consumo. El resultado es una economía con máquinas apagadas, pymes asfixiadas y miles de empleos en riesgo.
Un modelo que importa productos y exporta industrias
Uno de los datos más alarmantes del informe es el crecimiento desmedido de las importaciones de bienes de consumo, que crecieron un 75,7% interanual, mientras que las importaciones de bienes intermedios —vitales para la producción local— apenas subieron un 6,1%. El mensaje es claro: se está favoreciendo el ingreso de productos terminados en lugar de insumos para producir localmente. Esta lógica de apertura indiscriminada destruye el tejido productivo nacional, sobre todo el más frágil: el de las pequeñas y medianas empresas.
Según el Observatorio PyME, el 40% de las PyMEs industriales se sienten amenazadas por las importaciones, una proporción que remite a los peores momentos del modelo aperturista de 2016 y 2018. De ellas, más de la mitad ya reporta caída en su participación en el mercado interno. Es decir: no pueden competir con productos importados que ingresan sin aranceles ni restricciones, a precios que una empresa nacional, con costos locales, no puede igualar.
Consumo bajo y ninguna señal de reactivación
Al impacto de la apertura se suma un consumo en niveles históricamente bajos. La recesión, alimentada por el ajuste fiscal, la caída del poder adquisitivo y la inflación persistente, hace que no haya demanda suficiente para sostener la producción. Las fábricas, entonces, reducen turnos, apagan líneas y evitan cualquier inversión. De hecho, un nivel de utilización de la capacidad instalada tan bajo implica no solo una parálisis productiva, sino también un desaliento total a la inversión. Hoy, lejos del ideal de entre 70% y 80% —punto en el que las empresas empiezan a ampliar su capacidad—, la industria argentina opera en modo supervivencia.
Una política que se aleja del desarrollo
La caída del uso de la capacidad instalada no es solo un dato técnico, sino un reflejo estructural de la orientación económica. Un país que no produce, no crece; y un país que no cuida a su industria, condena su futuro. Lo que se observa en los datos del INDEC es el resultado directo de un modelo que abandona la producción nacional y favorece la especulación, la importación y la reprimarización de la economía.
La falta de una política industrial, la desregulación comercial y el retiro del Estado de su rol como impulsor del desarrollo han llevado a la industria argentina a un punto de quiebre. Si no se revierte este rumbo, lo que está en riesgo no es solo la recuperación económica, sino la soberanía productiva del país.
Mientras las máquinas siguen apagadas y las fábricas operan a medio ritmo, el Gobierno no ofrece un horizonte de reactivación. La crisis industrial ya no es una amenaza futura: es un presente alarmante que exige respuestas inmediatas. Pero por ahora, lo único que llega desde el oficialismo es silencio… o más ajuste.
