23 de mayo de 2026

Milei profundiza su violencia discursiva: llamó «imbécil y «primate» a Romina Manguel y celebró el ataque a Julia Mengolini

Durante una entrevista en Neura, el mandatario no solo insultó con términos brutales a la periodista Romina Manguel —a quien calificó de “imbécil” y “primate”—, sino que también celebró los ataques coordinados contra Julia Mengolini, justificando el hostigamiento digital y legitimando la violencia simbólica.

Ph: m1

En una nueva muestra de su desprecio hacia el periodismo independiente, el presidente Javier Milei protagonizó un episodio que agrava la tensión entre el poder y la libertad de expresión.

Milei no dudó en recurrir a expresiones deshumanizantes, denigrando a Manguel como “menos que un primate”, ante la risa cómplice del conductor y de su hermana, Karina Milei, secretaria General de la Presidencia. En un contexto donde los discursos de odio crecen y se naturalizan, que el propio jefe de Estado fomente estos señalamientos constituye un mensaje peligroso: instala la idea de que la prensa opositora es enemiga y, por lo tanto, blanco legítimo de agresiones.

El mandatario profundizó su diatriba al apuntar contra Julia Mengolini, periodista que sufre actualmente una campaña de acoso por parte de simpatizantes libertarios. Sin reparos, Milei relativizó la violencia y la presentó como una reacción justificada: “Después les viene el vuelto y no se la bancan”, dijo, alimentando un clima de impunidad que habilita a perseguir voces disidentes.

Esta escalada retórica es grave por varios motivos. En primer lugar, proviene del presidente de la Nación, quien debiera garantizar el pleno funcionamiento de la prensa sin amenazas ni intimidaciones. En segundo lugar, consolida un discurso que demoniza al periodismo como un adversario a eliminar, un recurso típico de líderes autoritarios que buscan blindarse de los controles democráticos.

Además, las palabras de Milei se producen en un escenario de creciente hostilidad contra comunicadores y comunicadoras, expuestos a campañas de hostigamiento digital, difamaciones y amenazas, muchas veces impulsadas desde redes sociales por operadores políticos vinculados al oficialismo.

En definitiva, lejos de un debate de ideas o un cruce legítimo, el presidente optó por una estrategia de agresión personal, descalificación y burla, que alimenta el desprecio hacia la libertad de prensa. Se trata de un retroceso peligroso para la democracia argentina, porque transforma a los periodistas en objetivos de odio y contribuye a enrarecer aún más el clima social.

Cuando el máximo mandatario normaliza la violencia verbal y la convierte en herramienta política, se instala un mensaje inquietante: cualquier disenso puede ser castigado. Y eso no solo debilita a la prensa, sino que erosiona las bases mismas del sistema democrático.

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