Menos cuentas, menos empleo: la caída de cuentas sueldo expone el deterioro silencioso del trabajo formal
La disminución de cuentas sueldo deja de ser un dato técnico para convertirse en una señal estructural: el mercado laboral formal se achica y, hasta ahora, no aparecen motores claros de recuperación. Más que una anomalía pasajera, el fenómeno parece reflejar un cambio de tendencia que plantea interrogantes sobre la capacidad de la economía para generar empleo estable en el corto plazo.

Los números del Banco Central de la República Argentina reflejan mucho más que un movimiento bancario: desde la llegada de Javier Milei al poder, el sistema perdió más de 330 mil cuentas sueldo, un indicador que funciona como termómetro directo del empleo registrado.
Solo en abril, la baja alcanzó unas 65 mil cuentas, consolidando una tendencia que se profundiza mes a mes.
Lejos de tratarse de un ajuste puntual, los datos sugieren un proceso sostenido de achicamiento del trabajo formal. Cada cuenta sueldo está asociada a un trabajador en relación de dependencia, por lo que su desaparición evidencia una contracción real del empleo o, en algunos casos, una migración hacia formas más precarias o informales.
El fenómeno no se limita a los trabajadores. También se redujo la cantidad de empresas que pagan salarios a través del sistema financiero: hay unas 28 mil menos en esa condición. Este doble retroceso —empleados y empleadores— expone una pérdida de densidad del entramado productivo, especialmente en pequeñas y medianas empresas, donde el ajuste suele comenzar con recortes indirectos antes de traducirse en despidos.
En muchos casos, la estrategia empresarial no pasa inicialmente por desvincular personal, sino por reorganizar costos en un contexto de caída del consumo y pérdida del poder adquisitivo. Esto incluye la unificación de cuentas bancarias, el cierre de estructuras paralelas y una operatoria más austera. Sin embargo, ese reordenamiento también deja huellas: menos cuentas activas, menos circulación y menor formalización.
El sistema financiero, por su parte, acusa el impacto. Ante la caída de clientes, los bancos intentaron retener usuarios con beneficios, pero al mismo tiempo endurecieron requisitos frente al aumento de la morosidad y los fraudes. Este comportamiento defensivo refuerza la idea de un contexto económico más riesgoso y menos dinámico.
El trasfondo de estos movimientos aparece con claridad en los datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos, que ubican la desocupación en 7,7%, el nivel más alto en varios años. Sectores clave como la construcción, fuertemente golpeada por el freno de la obra pública, muestran caídas significativas tanto en actividad como en empleo, según la Cámara Argentina de la Construcción.
