La recesión se profundiza en el interior: la caída del consumo golpea incluso a los alimentos básicos
Mientras el Gobierno insiste en que la inflación se desacelera y que el ajuste “ya pasó”, las provincias alzan la voz ante un panorama mucho más crudo y tangible: la caída del consumo se volvió estructural, alarmante y ahora alcanza a productos de primera necesidad.

En mayo, el derrumbe de las ventas osciló entre un 10% y un 12%, pero en muchos casos el retroceso acumulado desde diciembre ya supera el 30%. Lejos de tratarse de artículos prescindibles, hoy el impacto llega al pan, la carne, el pollo, el aceite y hasta las verduras más accesibles.
Corrientes, Jujuy y Catamarca se han convertido en ejemplos visibles de una crisis que no distingue geografía, pero que se siente con mayor crudeza en las regiones históricamente más postergadas. “El país entero está atorado de mercadería”, resume Daniel Occhionero, titular del Mercado Frutihortícola de Santiago del Estero, quien advierte que “por más que se bajen los precios, el consumo no reacciona”.
La lógica clásica de oferta y demanda parece haber colapsado frente a un contexto donde el poder adquisitivo es tan bajo que ni siquiera los precios accesibles logran reactivar el movimiento comercial.
El fenómeno no solo pone en jaque a los consumidores, sino también a la cadena productiva y de distribución. Maximiliano Beigbeder, presidente de la Cámara de Distribuidores Mayoristas del NEA, señala que incluso los supermercados “están muy golpeados”, y que en las góndolas proliferan segundas y terceras marcas, no por decisión estratégica sino porque “no hay consumo” y los productos tradicionales fueron desplazados. “Las góndolas se vacían, pero no porque se venda: es porque hay menos stock, menos rotación, menos esperanza”, explica con crudeza.
La situación también tiene una dimensión logística. Los costos de transporte, energía y mantenimiento han escalado a niveles que hacen inviable la rentabilidad en muchos rubros. Esto termina configurando un círculo vicioso: los productos llegan con dificultad, se venden poco y no se reponen, dejando a las empresas en una posición de fragilidad extrema.
Desde Jujuy, Alejandro Bustamante, presidente de la Cámara de Comercio local, afirma que “mayo fue para el olvido”. La frase sintetiza el sentimiento generalizado en la actividad comercial, que ve caer las ventas mientras los costos siguen en alza. La gente prioriza alimentos esenciales, pero incluso dentro de esa canasta, las compras se achican, se postergan o directamente se abandonan.
En Catamarca, el empresario gastronómico Esteban Cano señala que el derrumbe del consumo alcanza un 35% acumulado desde diciembre. “Esperamos haber tocado fondo”, dice, aunque la sensación dominante es que no hay certezas sobre cuándo llegará la recuperación.
Este panorama desmiente el relato oficial que insiste en mostrar signos de mejora macroeconómica. Si bien algunos indicadores muestran baja de inflación, el ajuste fiscal y la liberalización de precios han dejado un tendal de consumo desplomado, empresas en riesgo y familias endeudadas o directamente sin recursos. No hay rebote posible sin ingresos. Y no hay estabilidad sostenible cuando la alimentación básica se convierte en un lujo.
La recesión, lejos de ser una «curva temporal», parece haberse instalado con fuerza. Las provincias, especialmente el norte argentino, ofrecen hoy una radiografía brutal del ajuste: góndolas vacías, locales sin ventas y familias que deben elegir entre comer o pagar los servicios. En este contexto, hablar de éxito económico sin mirar el drama del día a día parece más una provocación que una estrategia de gobierno.
