La industria tucumana al borde del abismo: ajustes, importaciones y un futuro que se deshace
Detrás de la estadística oficial de repunte económico, la realidad cotidiana de miles de familias tucumanas se pinta con cierres, suspensiones y despidos.

Mientras el Gobierno nacional proclama en cadena la recuperación económica, el corazón productivo de Tucumán late cada vez con mayor dificultad. La Unión Industrial de Tucumán (UIT) lanzó un llamado de alerta en las últimas horas al advertir sobre las “serias dificultades para la continuidad de las operaciones” de sectores claves como el calzado, los textiles, los ingenios azucareros y la industria alimenticia.
No es un problema menor. La crisis atraviesa a emblemas industriales de la provincia: la planta Topper (ex Alpargatas) en Aguilares, con jornadas reducidas y salarios recortados; Papelera Tucumán, acosada por conflictos gremiales y un mercado en retroceso; los ingenios azucareros, obligados a planes de retiro ante la caída de precios internacionales; y fábricas alimenticias que no logran sostener sus ventas ni retener a su personal.
La apertura de importaciones, la suba de aranceles de exportación, un tipo de cambio desfavorable, y la presión impositiva completan un cóctel letal para el entramado productivo local. La industria textil y del calzado tucumana, que ya venía maltrecha por la recesión de 2024, enfrenta ahora el golpe definitivo de la desregulación, que permitió el ingreso masivo de productos asiáticos elaborados en condiciones laborales y ambientales ínfimas, imposibles de replicar en la Argentina sin destruir empleos o salarios.
Paradójicamente, en el discurso oficial de la “libertad de mercado” se esconde un daño colateral cada vez más tangible: el desarme progresivo del aparato industrial argentino, incapaz de resistir en pie ante la competencia externa sin reglas claras ni equidad de condiciones.
La UIT trazó con crudeza el mapa de la asimetría: costos energéticos más altos en el NOA, infraestructura deficiente, presión impositiva récord, caída brutal del consumo interno y, para colmo, la pérdida de referencias regulatorias. El resultado es un escenario casi imposible de sostener, donde el empleo formal y la generación de riqueza regional quedan en peligro inminente.
En medio de este derrumbe silencioso, la Unión Industrial solicitó con urgencia una audiencia con el ministro de Economía y Producción tucumano, Daniel Abad, para evitar el colapso de industrias que cumplen un rol estratégico en la economía provincial y que son, además, la última muralla de contención social ante el desempleo y la pobreza.
La pregunta de fondo resuena incómoda: ¿cómo sostener el discurso de crecimiento mientras se desangran las fábricas? En la provincia de Tucumán, la ecuación no cierra. Las estadísticas macro pueden mostrar una economía que se “reacomoda”, pero la vida real de miles de trabajadores tucumanos cuenta otra historia, mucho más dramática.
Si no hay un cambio de timón rápido —alerta la UIT— la maquinaria productiva local corre el riesgo de apagarse, arrastrando consigo décadas de empleo, experiencia y orgullo industrial. Un futuro que, en lugar de construirse, podría desmoronarse ante la mirada indolente de un Estado que, al parecer, se limita a mirar balances mientras la realidad quema en el territorio.
