Gepsa y el fin de una era productiva en Pilar y el impacto del ajuste empresarial
El rechazo gremial y las manifestaciones pacíficas señalan la urgencia de políticas de contención para evitar que el cierre de fábricas emblemáticas se convierta en una tendencia irreversible que desmantele la capacidad manufacturera del país.

La clausura de la planta de Gepsa en Pilar representa mucho más que el cese de operaciones de una firma tradicional de forrajes y nutrición animal. Es el síntoma de un tejido industrial que se debilita ante la contracción del consumo interno y la falta de horizontes financieros claros.
Al oficializar el cierre tras una caída del treinta por ciento en sus ventas, la compañía deja al descubierto la vulnerabilidad de medianas y grandes empresas que, tras décadas de presencia en el mercado, no logran sostener sus costos operativos ni atraer inversiones para su reconversión.
Este escenario expone una crisis de sostenibilidad que trasciende los balances contables. La situación de las ochenta familias afectadas revela un proceso de desgaste laboral que comenzó mucho antes del cierre definitivo. Suspensiones y pagos fraccionados de haberes fueron los indicadores previos de un colapso inminente.
La incertidumbre sobre las indemnizaciones y la falta de telegramas formales añaden una capa de precarización al conflicto, dejando a los trabajadores en un limbo legal mientras la producción se detiene por completo.
El impacto en la economía regional de Pilar es profundo. La pérdida de una unidad productiva que abastecía sectores clave como la ganadería y la avicultura, además del mercado de mascotas, genera un vacío en la cadena de suministros y en la recaudación local.
