El empleo formal pierde su principal promesa: la estabilidad cayó al peor nivel en una década
Solo 76 de cada 100 asalariados privados registrados conservan su puesto después de un año. La caída del trabajo registrado, el avance del monotributo y la migración hacia la informalidad revelan un deterioro más profundo que una simple suba del desempleo: el mercado laboral argentino genera ocupación cada vez más precaria y menos estable.

El mercado laboral argentino atraviesa un deterioro que va más allá de la pérdida de puestos de trabajo. El dato más preocupante es que cada vez resulta más difícil sostener un empleo formal en el tiempo. Los últimos microdatos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) muestran que solo 76 de cada 100 asalariados privados registrados permanecen en el mismo puesto después de doce meses, el nivel más bajo de la última década.
La caída es sostenida: en 2024-2025 la permanencia alcanzaba a 80 trabajadores cada 100, y durante la crisis de 2018-2019 era de 79. Esto indica que la fragilidad laboral dejó de ser un fenómeno coyuntural para transformarse en una tendencia estructural que erosiona el núcleo históricamente más protegido del mercado de trabajo.
Menos empleo registrado y más precarización
Entre noviembre de 2023 y abril de 2026 se perdieron más de 235.000 empleos asalariados privados registrados, según datos de la Secretaría de Trabajo. A esa caída se suman 73.000 puestos públicos menos y 20.000 empleos perdidos en casas particulares. El saldo total ronda los 180.000 puestos destruidos en dos años y medio.
La contracara fue el crecimiento de 150.000 monotributistas, un aumento del 7,5%. Sin embargo, interpretar este avance como una señal de mayor espíritu emprendedor sería una lectura parcial. En muchos casos, el monotributo funciona como refugio para trabajadores expulsados del empleo asalariado formal, una forma legal de autoempleo que suele implicar menores niveles de protección y estabilidad.
Los estudios del Banco Provincia muestran que aumentó la migración desde el empleo registrado hacia modalidades más precarias. La proporción de trabajadores que pasó a la informalidad subió del 7,1% al 7,8%, mientras que quienes terminaron trabajando por cuenta propia crecieron del 3,4% al 4,6%. Más del 60% de quienes cambiaron de modalidad siguió ocupado, pero casi siempre en condiciones de menor cobertura social, menor previsibilidad y mayor vulnerabilidad.
Trabajar ya no garantiza estabilidad ni ingresos suficientes
La precarización también golpea los ingresos. Según un informe de la consultora C-P, los trabajadores que perdieron un empleo formal y lograron reinsertarse sufrieron una fuerte caída de su poder adquisitivo. Quienes pasaron a un empleo informal perdieron alrededor del 14% de su ingreso real, mientras que los que se autoemplearon registraron una caída cercana al 28%.
En el primer trimestre de 2026, el cuentapropismo alcanzó al 24,2% de los ocupados, uno de los niveles más altos desde 2017, mientras que el empleo asalariado quedó en uno de sus registros históricos más bajos. Esto sugiere una economía que pierde capacidad para generar empleo formal de calidad y empuja a una parte creciente de la población hacia estrategias individuales de supervivencia.
La percepción social confirma este deterioro. La encuesta Latam Pulse Argentina de AtlasIntel y Bloomberg indica que el 73% de los consultados considera que el mercado laboral está en una situación mala, y el desempleo aparece como el segundo principal problema del país. El malestar no se explica solo por la falta de trabajo, sino por la sensación cada vez más extendida de que incluso quienes hoy tienen un empleo formal saben que pueden perderlo con mayor facilidad y que, si eso ocurre, probablemente regresen en peores condiciones.
La estabilidad laboral, que durante décadas fue el principal atributo diferenciador del empleo registrado, se está convirtiendo en una excepción. El mercado de trabajo argentino sigue generando ocupación, pero cada vez con menos calidad, menos continuidad y menores ingresos reales. Sin políticas que impulsen la inversión productiva y fortalezcan la demanda de empleo formal, el riesgo es consolidar un modelo en el que trabajar ya no signifique necesariamente tener estabilidad, previsibilidad ni una mejora sostenible en las condiciones de vida.
