Francos niega una crisis institucional pero admite el desorden político
En un intento por calmar el creciente malestar dentro de la propia coalición oficialista y hacia afuera, el jefe de Gabinete, Guillermo Francos, aseguró este miércoles que “no hay ninguna crisis institucional” en el Gobierno Nacional.

Sin embargo, en un mismo gesto, admitió que lo que sí existe es una «crisis política», provocada por las tensiones abiertas entre el Ejecutivo, el Congreso y los gobernadores. La aclaración, lejos de despejar dudas, confirma que el gobierno de Javier Milei atraviesa una etapa de desorden interno, tensiones externas y una alarmante incapacidad para sostener consensos básicos.
La intervención de Francos se produjo en el marco de una entrevista con el periodista Nelson Castro, en la que intentó reducir el conflicto a un desacuerdo parlamentario: “Cada uno cumple su rol. El presidente cumple el suyo, tiene la responsabilidad de gobernar, y la vicepresidenta es la presidenta del Senado”.
Sin embargo, detrás de la afirmación formal se esconde un problema más profundo: el oficialismo no tiene control del Congreso, está enfrentado con una parte creciente de las provincias y no cuenta con herramientas políticas para imponer su agenda sin recurrir al veto presidencial como mecanismo sistemático de bloqueo.
Negación institucional, confirmación política
Francos fue claro en defender la figura de Milei, a quien describió como alguien con la «personalidad necesaria para poner en marcha un Estado quebrado». La idea del «outsider imprescindible», que aparece cada vez con más frecuencia en el discurso libertario, sugiere una peligrosa normalización del conflicto como método de gestión. En lugar de construir acuerdos y gobernabilidad, el oficialismo se enorgullece de su capacidad para confrontar, vetar y avanzar unilateralmente.
Pero esa lógica tiene límites. La interna entre Javier Milei y su vice, Victoria Villarruel, por el control del Senado y la estrategia parlamentaria no solo pone en evidencia fracturas dentro del Ejecutivo, sino que exhibe la precariedad institucional del armado libertario, que carece de estructura partidaria sólida, de bancadas orgánicas y de alianzas legislativas estables. Si no es una “crisis institucional”, como dice Francos, se le parece mucho: una estructura de poder fragmentada, sin diálogo interno ni externo y con una creciente judicialización de las decisiones políticas.
Negociar sin herramientas
En otro tramo de la entrevista, Francos admitió que el presidente lo eligió como interlocutor con los gobernadores pero reconoció que tiene “pocos elementos para negociar”. La frase, que podría leerse como una muestra de honestidad política, revela en realidad el núcleo de la estrategia libertaria: no hay incentivos, recursos ni voluntad real de diálogo con las provincias. Se promete una “nueva Argentina” basada en el mérito individual, pero se desarma el federalismo sin ofrecer una alternativa de financiamiento sustentable.
El propio Francos intentó relativizar esa tensión al afirmar que “no estamos en una guerra”. Pero los hechos desmienten ese diagnóstico: Milei ha acusado públicamente a gobernadores de “traidores”, ha recortado fondos discrecionalmente y ha instalado una lógica de premios y castigos basada en la lealtad política. En ese contexto, hablar de acuerdos es poco más que una formalidad diplomática.
El veto como forma de gobierno
Francos también reafirmó la intención del presidente de vetar cualquier ley que altere el equilibrio fiscal, transformando así al veto presidencial —una herramienta pensada para casos excepcionales— en una política de gobierno.
Esta estrategia, si se mantiene, vacía de contenido al Congreso y erosiona el sistema de pesos y contrapesos. No hay “crisis institucional” en el sentido estricto, pero hay una clara erosión de la institucionalidad democrática cuando el Ejecutivo se arroga el derecho a bloquear sistemáticamente cualquier decisión que no emane directamente de la Casa Rosada.
Un gobierno que se endurece porque no puede negociar
Las declaraciones de Francos revelan una verdad incómoda para el oficialismo: el gobierno de Javier Milei no está en crisis por exceso de confrontación, sino por falta de capacidad de gestión política.
La exaltación de la figura del presidente como único capaz de “poner en marcha un país roto” esconde la ausencia de cuadros técnicos, operadores legislativos y equipos de gestión que puedan traducir las ideas libertarias en políticas públicas reales.
La pregunta que deja abierta el propio jefe de Gabinete es inquietante: ¿puede un gobierno que reconoce no tener herramientas para negociar sostener la gobernabilidad sin chocar con las instituciones?
Francos intenta negar una crisis institucional, pero lo que describe es exactamente eso: un Ejecutivo encapsulado, sin aliados reales, con conflictos internos y con una estrategia basada más en el veto que en el diálogo. Una forma de gobernar que, en una democracia parlamentaria como la argentina, no puede sostenerse por mucho tiempo sin graves consecuencias.
