La tarjeta de crédito como síntoma de la crisis: crece la morosidad y millones de argentinos ya no pueden pagar ni la comida
En una economía que se encamina peligrosamente hacia la recesión, la tarjeta de crédito —históricamente utilizada como herramienta de financiación del consumo— se ha transformado en un símbolo de desesperación económica.

En lugar de ser un recurso para la compra planificada, se convirtió en el último salvavidas de millones de argentinos que la utilizan para algo tan básico como alimentarse. Pero ese salvavidas, inflado con tasas de interés impagables, está empezando a hundir a los propios usuarios.
Los datos oficiales del Banco Central son tan elocuentes como alarmantes: la morosidad en tarjetas de crédito se disparó al 4,9% en mayo, y el total de créditos destinados a hogares impagos llegó al 4,5%. En comparación con abril, la morosidad general aumentó un 0,4%, alcanzando el 2,6%. El dato deja en evidencia que el modelo económico implementado por el gobierno de Javier Milei está desbordando incluso los márgenes mínimos de sustentabilidad financiera para el ciudadano promedio.
Este incremento no es un fenómeno aislado ni un reflejo meramente técnico: es una muestra directa del deterioro acelerado del poder adquisitivo. Los salarios se achican frente a una inflación que si bien baja en términos mensuales, sigue acumulando más de un 270% interanual, mientras los alimentos continúan aumentando a un ritmo mucho mayor que otros rubros. En ese contexto, pagar en cuotas ya no es una elección: es la única opción para subsistir.
Comer a crédito, endeudarse para vivir
La situación es dramática y profundamente regresiva. Hoy, la mayoría de los consumos con tarjeta de crédito en Argentina están concentrados en bienes esenciales: alimentos, productos de higiene, medicamentos. El financiamiento dejó de estar asociado al consumo durable para enfocarse, casi exclusivamente, en lo básico. Pero lo que parece una tabla de salvación inmediata se convierte en una trampa de la que cada vez es más difícil salir: con tasas que superan ampliamente el 120% anual, refinanciar una deuda de supermercado puede volverse impagable en apenas dos o tres meses.
Esa presión sobre las familias también se refleja en otros indicadores. El rechazo de cheques por falta de fondos aumentó al 1,39% en cantidad y al 1,24% en montos durante mayo, con subas intermensuales e interanuales significativas. También el financiamiento a empresas mostró señales de estrés, con un aumento en la morosidad de los adelantos en cuenta corriente del 1,1% al 2,1% en un año.
El panorama no deja mucho margen para el optimismo: mientras el Gobierno insiste en que la baja de la inflación es señal de éxito económico, la realidad cotidiana indica lo contrario. El costo del ajuste se está trasladando con violencia sobre los sectores medios y bajos, que pagan sus alimentos en 6 o 12 cuotas y acumulan deudas que no podrán cancelar.
Una economía de tarjeta rota
La creciente morosidad en las tarjetas de crédito no solo revela el fracaso de la política de estabilización de Milei para frenar la crisis social, sino que expone una contradicción estructural de su modelo: no hay consumo, no hay inversión, y tampoco hay crédito sostenible. El sistema financiero está ganando a costa de la bancarrota social, cobrando intereses récord a usuarios que solo buscan sobrevivir.
La economía argentina se está convirtiendo en una máquina de empobrecer. La tarjeta, ese “plástico mágico” que alguna vez fue sinónimo de progreso, hoy es el rostro visible de una caída silenciosa. Millones de argentinos están hipotecando su presente para intentar llegar a fin de mes. Y cada mes que pasa, más personas se quedan fuera del sistema, con deudas que no podrán saldar y con bancos que ya no conceden crédito, sino que extienden sentencias de condena económica.
El relato del ajuste virtuoso choca de frente con la realidad del endeudamiento masivo de la población. Porque no hay estabilización posible si la gente no puede pagar ni la comida. Y no hay futuro si las tarjetas, en lugar de abrir puertas, empiezan a cerrarlas.
