El salario mínimo en su nivel más bajo en décadas: peor poder adquisitivo que en la crisis de 2001
El salario mínimo, que alguna vez fue una herramienta de inclusión y redistribución, hoy apenas sirve como índice estadístico de la precarización. La comparación con el 2001 no es solo simbólica: marca un punto de inflexión que debería encender todas las alarmas.

En una señal alarmante del deterioro social y económico del país, el salario mínimo en Argentina atraviesa uno de los peores momentos de su historia reciente, incluso por debajo de los niveles registrados durante la crisis del 2001.
Entre noviembre de 2023 y abril de 2025, perdió más de un tercio de su poder adquisitivo, lo que marca una caída sin precedentes desde el retorno de la democracia.
Según un informe elaborado por la economista Mariana L. González para el Centro de Investigación y Formación de la República Argentina (CIFRA), el salario mínimo perdió un 33% de su valor real en apenas 17 meses. En otras palabras, quienes perciben el ingreso mínimo hoy pueden comprar un tercio menos de bienes y servicios que a fines de 2023.
El dato más crudo del informe es que el salario mínimo apenas cubre el 58,1% de la canasta alimentaria básica, el umbral que define la línea de indigencia para una familia tipo. Mucho más lejos aún está de cubrir la canasta básica total, que establece el nivel de pobreza: solo alcanza el 25,3% de ese monto. Es decir, una familia que vive del salario mínimo hoy está doblemente excluida: no solo es pobre, sino también indigente en términos de consumo alimentario.
La brecha entre el salario mínimo y el promedio del sector privado también se ha ampliado dramáticamente. A febrero de 2025, el ingreso mínimo representaba menos de una quinta parte del salario promedio registrado, un abismo que ilustra la creciente desigualdad y el desmantelamiento del piso de protección social.
El dato contrafactual también es ilustrativo: si el poder de compra del salario mínimo de 2015 se hubiera sostenido, hoy debería rondar los 700.000 pesos. En cambio, se ubica en apenas 296.832 pesos, lo que refleja un atraso brutal frente a la inflación y una política de ingresos orientada más al ajuste fiscal que al bienestar social.
El retroceso tiene consecuencias concretas: millones de trabajadores formales —porque el salario mínimo también incide en otros ingresos como planes sociales, jubilaciones mínimas y trabajos no registrados— se encuentran atrapados en la pobreza, incluso con empleo.
Este panorama no solo expone la magnitud de la crisis social, sino también la falta de voluntad política para recomponer el ingreso mínimo vital. Mientras el Gobierno nacional centra su agenda en el equilibrio fiscal y la liberalización económica, amplios sectores sociales quedan al margen de cualquier mejora posible.
