25 de mayo de 2026

Desde Gaza, el padre Gabriel Romanelli denuncia el drama humanitario y clama por el fin de la guerra

Mientras los bombardeos continúan golpeando con brutalidad la Franja de Gaza, la voz del padre argentino Gabriel Romanelli resuena como testimonio directo de una tragedia que va mucho más allá del conflicto geopolítico.

Ph: Agencia NA

Herido el pasado jueves por un ataque israelí que impactó en la Iglesia de la Sagrada Familia —la única parroquia católica en Gaza—, Romanelli reapareció públicamente para denunciar la crisis humanitaria y reiterar un mensaje que interpela tanto a los actores del conflicto como a la comunidad internacional: “La guerra no es la solución de nada”.

En diálogo con Radio Splendid AM990, el sacerdote explicó que se encuentra “bien, dentro de lo que se puede estar bien aquí en Gaza”, una frase que retrata la resignación cotidiana ante la violencia. Su mensaje, sin embargo, no se limitó a la denuncia: fue un llamado a la paz, con palabras claras y sin ambigüedades: “Estamos por la paz con Israel y con Palestina porque esta guerra tiene que terminar. Las heridas de esta guerra van a llevar mucho tiempo para ser curadas”.

Lejos de declaraciones grandilocuentes o diplomáticas, Romanelli describe una realidad cruda y urgente: 2,5 millones de personas esperan por comida en un territorio donde la ayuda humanitaria llega “a cuentagotas” y los camiones con provisiones siguen varados en las fronteras con Egipto y Jordania. La situación ha llegado a un punto extremo: “La desnutrición es algo generalizado, incluso ha habido muertes por desnutrición”, señaló. Desde el inicio del conflicto, salvo breves treguas, no se ha permitido el ingreso de lácteos, carnes, frutas ni verduras frescas a Gaza. Las consecuencias son devastadoras, sobre todo entre los niños.

Las palabras del sacerdote rompen con la narrativa predominante de los bandos enfrentados y exponen lo que muchas veces queda oculto tras las estadísticas de muertos o desplazados: la vida cotidiana como campo de batalla, la desesperación de la población civil y el fracaso colectivo de las instituciones internacionales. “Lo primero que pide la gente es que pare todo, que nos den una esperanza de vida”, afirmó Romanelli, sintetizando el reclamo de quienes no tienen voz en las decisiones militares ni geopolíticas.

En un contexto donde el discurso político se endurece y la violencia se normaliza, la intervención de Romanelli es un recordatorio de que los conflictos armados no solo se dirimen con misiles ni en foros diplomáticos, sino también en la cocina vacía de una familia, en la iglesia bombardeada, en el cuerpo debilitado de un niño sin leche ni frutas. La guerra en Gaza, como señala el sacerdote, ha cruzado una frontera ética: “La solución no es matar a la gente, es dejar entrar comida”.

El testimonio del padre Romanelli no solo denuncia la violencia, sino también la indiferencia. Y su voz, desde una parroquia herida en el corazón de Gaza, interpela a gobiernos, organizaciones internacionales y sociedades enteras. Porque cuando la desnutrición y el bloqueo alimentario se convierten en armas de guerra, lo que está en juego no es solo la política: es la dignidad humana.

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