17 de mayo de 2026

Cumbre en China: un fracaso que devuelve a Trump a la realidad y revela las tensiones persistentes

La cumbre evidenció que, pese a algunos gestos de estabilidad, las tensiones entre ambas potencias siguen latentes, y que el poder continúa en manos de China en esta compleja relación bilateral.

Ph: Agencia AP

Antes de su viaje a China, Donald Trump alimentó altas expectativas, casi desmesuradas, que en gran medida él mismo promovió. Sin embargo, la realidad de una relación marcada por una historia de tensiones y complicaciones le alcanzó, dejando claro que China actualmente tiene la posición de poder en la escena.

Desde la perspectiva estadounidense, el resultado inmediato de la reunión entre Trump y el presidente chino Xi Jinping fue modesto: no se lograron avances sustanciales, sino más bien una estabilización de las relaciones y un esfuerzo por evitar que la rivalidad entre ambas potencias se intensifique aún más.

Helmut Brandstätter, diputado liberal del Parlamento Europeo con contactos cercanos a diplomáticos chinos, comentó: «No parece que se haya conseguido mucho; Trump no ha logrado beneficios económicos para Estados Unidos ni avances para el resto del mundo». Antes de la cumbre, Trump esperaba que la delegación estadounidense, compuesta por altos ejecutivos, traería importantes contratos para su país. Sin embargo, la realidad fue otra.

A pesar de que Xi accedió a comprar 200 aviones Boeing, la cifra distaba mucho de los 500 inicialmente propuestos por Trump. Esto provocó decepción en los mercados estadounidenses, con las acciones de Boeing cayendo un 4% en Wall Street. Trump comentó con típico optimismo: «Xi va a encargar 200 aviones… 200 grandes».

Este pedido fue uno de los pocos acuerdos comerciales anunciados en un encuentro que, en general, no cumplió con las expectativas. La última compra significativa de Boeing por parte de China había sido en 2017, con 300 aviones, y desde entonces, las relaciones se habían enfriado, reduciendo los pedidos.

Funcionarios estadounidenses informaron que, además de los acuerdos en agricultura, no hubo avances en la venta de chips de Nvidia a China, a pesar de la presencia del CEO Jensen Huang en la delegación. En cambio, ambas partes acordaron mantener y ampliar la frágil tregua comercial lograda tras la guerra arancelaria del año pasado, discutiendo mecanismos para gestionar disputas futuras y controles a la exportación, en un intento por evitar una escalada de tensiones.

Según la académica Ling Chen, de la Universidad Johns Hopkins, para los países europeos, que estaban nerviosos ante la cumbre, el resultado decepcionante resulta positivo, ya que no se emitieron declaraciones que puedan perjudicar económicamente a la Unión Europea, un socio clave tanto para EE. UU. como para China, especialmente en sectores como la energía verde.

En el plano geopolítico, las diferencias quedaron patentes. Aunque en público ambos líderes se elogiaron mutuamente, con Xi describiendo la visita como un «hito» y Trump calificándola de «gran par de días» con «fantásticos acuerdos», las divergencias permanecieron. Un ejemplo es la tensión en torno a Irán: China expresó frustración por la guerra de Estados Unidos e Israel contra Teherán y apoyó esfuerzos para buscar la paz, mientras que Trump afirmó que Xi le ofreció ayuda para reabrir el estrecho de Ormuz, sin que China confirmara oficialmente.

La cuestión de Taiwán fue otra gran incógnita no abordada en las conversaciones públicas. Sin embargo, Pekín reiteró que considera a Taiwán como el asunto más importante en sus relaciones con EE. UU., advirtiendo sobre posibles enfrentamientos si no se gestiona adecuadamente. La posición estadounidense, representada por el senador Marco Rubio, fue de mantener la política actual, asegurando que no ha habido cambios, y que Washington seguirá apoyando a Taiwán, un mensaje que fue agradecido por las autoridades taiwanesas.

Mientras tanto, expertos sugieren que la postura de China respecto a Taiwán podría depender de factores económicos, como la compra de chips fabricados en la isla, y de la capacidad militar de Taiwán, que con su equipamiento avanzado representa una amenaza menos vulnerable para Pekín.

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