Condicionada por la presión externa, China sorprende con un crecimiento superior al previsto
Aunque China ha dado señales claras de resiliencia en el arranque de 2025, su economía aún navega en aguas turbulentas. El crecimiento está ahí, pero el equilibrio es precario. Las próximas decisiones de política económica —y, sobre todo, las tensiones geopolíticas con Estados Unidos— marcarán el verdadero alcance de esta recuperación.

El repunte del PIB en el primer trimestre del año muestra señales de recuperación, pero la sombra de los aranceles estadounidenses y la debilidad interna aún amenaza la estabilidad del modelo chino.
China ha vuelto a desafiar los pronósticos. En el primer trimestre de 2025, su Producto Interno Bruto (PIB) creció un 5,4% interanual, superando las expectativas del 5,1% de los analistas y marcando el ritmo de expansión más sólido en un año y medio.
La cifra representa un respiro para la segunda economía del mundo, inmersa en un escenario global cada vez más adverso, especialmente por la escalada comercial con Estados Unidos y la persistente fragilidad de su demanda interna.
Desde Pekín, el tono oficial ha sido optimista. La Oficina Nacional de Estadísticas destacó que “la economía nacional ha tenido un inicio estable y un buen comienzo de año” gracias a la implementación de medidas macroeconómicas. Sin embargo, también reconoció que los fundamentos de la recuperación aún deben consolidarse. “La demanda interna efectiva carece de impulso suficiente y el entorno exterior se ha vuelto más complejo y desafiante”, advirtió.
Una recuperación que llega con estímulos fiscales
El buen desempeño de la economía china no ha sido espontáneo. Pekín adoptó una postura fiscal “altamente proactiva”, elevando su déficit presupuestario al 4% del PIB —el más alto en tres décadas— y fijando una meta de crecimiento del 5% para el año. Los datos del primer trimestre sugieren que las políticas de estímulo comienzan a surtir efecto.
La producción industrial creció un 7,7% interanual en marzo —muy por encima del 5,9% proyectado—, y las ventas minoristas se dispararon un 5,9%, el aumento más alto desde diciembre pasado. Estos indicadores son claves para entender la resistencia del aparato productivo y el comportamiento del consumo, aunque este último sigue impactado por la desconfianza del consumidor y el prolongado enfriamiento del sector inmobiliario.
A pesar del aumento del 4,2% en la inversión en activos fijos, la inversión inmobiliaria cayó un 9,9%, lo que refleja la persistente fragilidad del mercado de la vivienda, uno de los pilares del crecimiento chino durante las últimas décadas. En paralelo, la tasa de desempleo descendió al 5,2%, lo que refuerza el mensaje de estabilización en el frente laboral.
Tensión con EE.UU. y mercados escépticos
No obstante, el optimismo se ve limitado por factores externos. El anuncio reciente del expresidente Donald Trump de imponer aranceles del 145% a las importaciones chinas reavivó los temores de una nueva guerra comercial, lo que ya se hizo sentir en los mercados financieros. Las principales bolsas chinas cerraron a la baja tras conocerse los datos económicos: el índice Hang Seng cayó un 2,6%, el índice A50 retrocedió un 0,74%, y el índice compuesto de Shanghái bajó un 0,92%.
“El mercado está ignorando los datos porque reflejan una realidad anterior a los nuevos aranceles. Ahora la atención está en cómo China enfrentará esta nueva ola de tensiones comerciales”, señaló Kyle Rodda, analista de Capital.com.
Por su parte, el yuan mostró escasa variación frente al dólar, aunque sigue operando cerca de sus niveles más bajos desde 2007, en medio de la creciente presión externa. La moneda china ya había tocado mínimos históricos este mes, en lo que muchos interpretan como una muestra de debilidad estructural frente a un dólar fortalecido por la política de endurecimiento de la Reserva Federal.
¿Un crecimiento sostenible?
La gran pregunta es si China podrá mantener este ritmo de crecimiento a lo largo del año. El modelo de desarrollo basado en exportaciones, inversión estatal y deuda parece cada vez más desafiado por un entorno global hostil y una transformación económica interna que aún no termina de consolidarse. El intento de estimular el consumo mediante subsidios y políticas redistributivas apunta en la dirección correcta, pero enfrenta límites estructurales: un sistema bancario orientado al crédito corporativo, una desigualdad persistente y una población que envejece rápidamente.
