17 de octubre de 2026

Avellaneda, en Flores, refleja el derrumbe del consumo: los locales vacíos aumentaron más del 160% en un año

La crisis de Avellaneda no puede leerse solamente como un problema comercial. Es también un reflejo de la tensión entre ingresos familiares insuficientes, competencia externa y capacidad productiva ociosa, una combinación que amenaza con profundizar el debilitamiento de la industria textil argentina.

La crisis textil, la pérdida del poder adquisitivo y el avance de las importaciones profundizan el deterioro de uno de los principales centros comerciales de indumentaria del país. La caída de las ventas golpea a comerciantes, fabricantes, talleres y trabajadores, y expone las dificultades de un sector que enfrenta cada vez menos demanda.

La avenida Avellaneda, en el barrio porteño de Flores, atraviesa un proceso de deterioro que pone en evidencia las dificultades de la economía argentina para sostener el consumo y la actividad productiva. Uno de los principales polos comerciales de indumentaria del país, históricamente concurrido por compradores mayoristas y minoristas de distintas provincias y países de la región, muestra hoy una postal diferente: persianas bajas, locales vacíos y una circulación de clientes cada vez más limitada.

De acuerdo con datos de la Cámara Argentina de Comercio y Servicios (CAC), la cantidad de locales inactivos en este corredor comercial aumentó más del 160% en un año. El dato no representa únicamente una modificación del paisaje urbano, sino que constituye un indicador del debilitamiento de una actividad que depende, en gran medida, del movimiento del mercado interno.

Durante años, Avellaneda funcionó como un punto de referencia para comerciantes y revendedores que viajaban para abastecer sus negocios. Sin embargo, ese movimiento perdió intensidad. Los compradores reducen sus adquisiciones, priorizan los productos indispensables y, en muchos casos, dejan de realizar los viajes que antes justificaban compras por volumen.

Menos ventas y menos dinero en circulación

Los testimonios de quienes trabajan en la zona reflejan el cambio en los hábitos de consumo. Isa, una vendedora de 22 años, describió una transformación visible en el comportamiento de los clientes: quienes antes llegaban con valijas para comprar grandes cantidades de mercadería ahora adquieren solamente lo necesario.

Una situación similar observa Assadur Rahman, comerciante de la avenida Avellaneda y Terrada, quien señala que disminuyó la llegada de compradores de distintos puntos del país y de otros países latinoamericanos.

Estas experiencias permiten identificar un problema que excede las dificultades particulares de cada negocio: la contracción de la demanda. Cuando los hogares destinan una proporción creciente de sus ingresos a alimentos, servicios y otros gastos esenciales, la indumentaria pierde prioridad dentro del presupuesto familiar.

En ese contexto, la competencia entre productos nacionales e importados deja de ser el único factor determinante. Aunque las prendas extranjeras puedan ofrecer precios competitivos, tampoco encuentran suficientes compradores si el poder adquisitivo no alcanza para sostener el consumo.

La situación plantea una contradicción para el sector: disponer de mercadería a precios más bajos no garantiza ventas cuando el problema central es la falta de ingresos disponibles. El resultado es una menor rotación de productos, una reducción de los pedidos y una presión creciente sobre la rentabilidad de los comercios.

La crisis textil no se explica solamente por las importaciones

El crecimiento de las importaciones constituye otro factor relevante en el escenario que atraviesa la industria. Entre enero y agosto de 2026 ingresaron al país 36.683 toneladas de prendas de vestir del exterior, un 55% más que durante el mismo período del año anterior, según los datos aportados.

Este incremento ocurre en paralelo con una fuerte caída de la utilización de la capacidad industrial. Durante los primeros siete meses de 2026, las fábricas textiles trabajaron al 40% de su capacidad instalada. En otras palabras, seis de cada diez unidades de capacidad productiva permanecieron sin utilizarse, principalmente por la insuficiencia de pedidos.

La combinación de una demanda debilitada y una mayor presencia de productos importados intensifica la presión sobre los fabricantes locales. Sin embargo, reducir toda la crisis al ingreso de mercadería extranjera dejaría afuera una variable decisiva: la capacidad real de compra de la población.

Sergio Davidov, empresario con cuatro décadas de experiencia en la industria textil, sostiene que el deterioro del poder adquisitivo es uno de los principales condicionantes de la actividad. Según explica, sus clientes de diferentes rubros redujeron sus pedidos, con caídas que alcanzan el 90% en calzado, el 60% en indumentaria, el 30% en colchones y el 20% en fajas. También registra una contracción en la demanda del sector de la marroquinería.

Su testimonio muestra cómo la crisis se extiende más allá de las marcas de ropa y de los locales que venden al público. Las dificultades llegan a los proveedores de cintas, elásticos, cordones, sogas, abrojos e hilos industriales, cuyos productos son utilizados por numerosas actividades manufactureras.

Empleo, empresas y producción bajo presión

Las consecuencias de esta situación también se reflejan en el mercado laboral y en la estructura empresarial. Entre diciembre de 2023 y junio de 2026, los sectores de confecciones, cuero y calzado perdieron 28.322 puestos de trabajo registrados en todo el país. Durante ese mismo período cerraron 1.042 empresas y talleres.

Estas cifras permiten dimensionar el impacto de una crisis que no se limita a la reducción de las ventas. Cada empresa que deja de operar o reduce su producción afecta una red de trabajadores, proveedores, distribuidores y pequeños emprendimientos que dependen de la continuidad de la actividad.

En un polo como el de avenida Avellaneda, donde conviven comercios mayoristas, minoristas y una extensa cadena de abastecimiento, el retroceso de la demanda puede generar un efecto multiplicador. Menos compradores implican menores ventas; las menores ventas reducen los pedidos a fabricantes y talleres; y la caída de la producción aumenta el riesgo de nuevos recortes de personal y cierres.

Se configura así un círculo de contracción económica en el que la pérdida de empleo también puede profundizar la caída del consumo, debilitando todavía más a los negocios que permanecen abiertos.

Un modelo comercial frente a un escenario incierto

El deterioro de avenida Avellaneda obliga a mirar más allá de las persianas bajas. Lo que está en juego es la sostenibilidad de uno de los principales circuitos de comercialización de indumentaria de la Argentina y de una actividad productiva que genera empleo en múltiples etapas.

El crecimiento de las importaciones, la pérdida de poder adquisitivo y la reducción de la actividad fabril forman parte de un escenario complejo, cuyas causas no pueden atribuirse a un solo factor. La evolución del sector dependerá tanto de las condiciones de competencia como de la recuperación de la demanda y de la capacidad de las empresas nacionales para sostener su producción.

Mientras tanto, los locales vacíos funcionan como una señal concreta de las dificultades que atraviesan comerciantes y fabricantes. El aumento superior al 160% en los espacios comerciales inactivos expone una realidad que va más allá de una avenida: cuando el consumo se retrae y la producción pierde dinamismo, las consecuencias alcanzan al empleo, al entramado empresarial y a la economía de los barrios.

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