Ataque a la libertad de prensa: El Gordo Dan pidió «meter en cana a un periodista por decreto»
El periodismo no está por encima de la crítica, pero sí debe ser protegido como pilar fundamental de la democracia. Lo que está en juego no es una discusión entre un tuitero y un periodista, sino el respeto por los límites que la democracia impone para evitar que la violencia simbólica se transforme en política pública.

En un nuevo capítulo del clima de hostigamiento hacia la prensa que se ha intensificado durante el gobierno de Javier Milei, el influencer libertario Daniel Parisini, conocido como “Gordo Dan”, agitó la polémica en redes sociales al pedir públicamente “meter en cana a algún periodista por decreto”.
Aunque luego intentó minimizarlo como una broma o un “bait” para generar interacción, la gravedad del mensaje —y su contexto— dejaron en evidencia una preocupante banalización del autoritarismo.
“¿Javo, podés meter en cana a algún periodista por decreto como hizo Alfonsín, por favor?”, escribió Parisini en X (ex Twitter), en un intento de emular la retórica del Presidente, quien en los últimos meses ha escalado en su discurso contra medios, periodistas y figuras del ámbito cultural. No es un hecho aislado, sino parte de un ecosistema digital libertario que milita el desprecio por el periodismo profesional y promueve la desinformación bajo la excusa de la libertad de expresión.
La reacción fue inmediata. El periodista Gabriel Levinas fue uno de los primeros en desmentir el contenido del mensaje, recordando que el decreto firmado por Raúl Alfonsín en 1986 no fue una medida contra periodistas, sino un recurso extraordinario tomado en el marco de un estado de sitio, ante un posible intento golpista. “Nunca fue periodista el detenido por decreto, era un analista político a quien se vinculó con un golpe de Estado”, explicó Levinas.
Lejos de retractarse, Parisini redobló la apuesta con un segundo posteo: “¿Javo, podés meter en cana a Gabriel Levinas?”, dejando en claro que el mensaje no era un desliz, sino parte de un estilo provocador que, bajo el amparo de lo “irónico”, difunde ideas profundamente antidemocráticas.
Este tipo de discursos no pueden ser leídos de forma aislada ni con ingenuidad. En un país con una historia marcada por la censura, la persecución política y el terrorismo de Estado, banalizar la prisión de periodistas es una señal de alerta institucional. Que un referente digital con llegada a miles de jóvenes sugiera, incluso en tono jocoso, el uso de decretos para encarcelar a comunicadores es un síntoma de cómo la intolerancia al pensamiento crítico se normaliza en algunos sectores cercanos al oficialismo.
Más preocupante aún es el silencio —o la validación implícita— del entorno presidencial. En lugar de repudiar expresiones que claramente atentan contra los principios republicanos, el gobierno parece alimentarse de estas provocaciones para mantener encendida la confrontación ideológica que lo mantiene vigente en la agenda mediática.
