Alineamiento político, pragmatismo comercial: Milei se abraza a Washington sin soltar a Pekín
La estrategia internacional de Milei parece construirse sobre un delicado equilibrio: adhesión política plena a Estados Unidos, retórica confrontativa contra gobiernos “enemigos” y pragmatismo comercial forzado con China. Una combinación que, lejos de resolver las tensiones, las deja expuestas como una de las principales contradicciones de su proyecto de gobierno.

El presidente Javier Milei volvió a exponer con crudeza la orientación internacional de su gobierno: una alianza política y estratégica sin matices con Estados Unidos, combinada con un pragmatismo económico que le impide romper vínculos con China.
La definición, lejos de ser una novedad, confirma una política exterior ideológica en lo discursivo, pero condicionada por las limitaciones materiales de la economía argentina.
En una entrevista con el canal de streaming Neura, Milei celebró el rol de Donald Trump en lo que describió como un “rediseño del orden mundial” basado en la fuerza y en una lógica abiertamente geopolítica, en reemplazo del paradigma de la globalización.
En ese marco, respaldó la ofensiva estadounidense sobre Venezuela y retomó el eje retórico de la “lucha contra el socialismo”, al que calificó como un fenómeno “asesino”, asociándolo a los gobiernos de Venezuela, Cuba y Nicaragua.
Sin embargo, el Presidente mostró especial cautela al referirse a China. Aunque la disputa global que describe enfrenta a Washington con Pekín y Moscú, Milei evitó incluir al gigante asiático en su cruzada ideológica y fue explícito: la Argentina no romperá sus lazos comerciales con el gigante asiatico.
La aclaración no es menor. China es uno de los principales socios comerciales del país y una fuente clave de financiamiento e importaciones estratégicas, un dato que impone límites concretos al alineamiento ideológico.
El propio Milei intentó justificar esa dualidad al diferenciar entre geopolítica y comercio. Según su planteo, la alianza con Estados Unidos es estratégica y de valores, mientras que el vínculo con China responde a una lógica estrictamente económica. El argumento, sin embargo, deja expuesta una tensión central de su política exterior: la dificultad de sostener un discurso de confrontación global sin afectar intereses materiales inmediatos.
El Presidente insistió en que esta orientación no responde a una coyuntura, sino a una definición previa, parte de su plataforma electoral. No obstante, el contexto regional e internacional sugiere que el margen de maniobra argentino es limitado. En un escenario de reordenamiento global, la Argentina aparece más como un actor que se acomoda a las disputas de las grandes potencias que como un protagonista con capacidad real de incidir en ellas.
El respaldo explícito a la política estadounidense en Venezuela, incluyendo la defensa del control del petróleo venezolano por parte de Washington, refuerza la imagen de una política exterior alineada sin demasiados matices. Al mismo tiempo, la negativa a romper con China revela que, más allá del discurso, la realidad económica impone un techo a cualquier cruzada ideológica.
