16 de octubre de 2026

Valentín Yankelevich rompió el silencio y relató los episodios de violencia durante su infancia

Valentín reflexionó sobre el camino recorrido desde aquella infancia marcada por el sufrimiento hasta su presente. Para él, recuperar las ganas de vivir y poder hablar abiertamente de lo sucedido representa una transformación profunda. Su testimonio vuelve a poner en primer plano las consecuencias de la violencia durante la niñez y la importancia de contar con adultos capaces de escuchar, proteger y acompañar a quienes atraviesan situaciones de vulnerabilidad.

Foto: Redes sociales

A pocos días de un nuevo aniversario de la muerte de Romina Yan, su hijo Valentín Yankelevich decidió contar públicamente uno de los capítulos más dolorosos de su vida.

En una entrevista con Infobae, el piloto de 23 años describió situaciones de violencia física y maltrato psicológico que, según su testimonio, padeció durante su niñez por parte de Darío Giordano, su padre.

El joven explicó que tomó la decisión de hablar después de guardar silencio durante años y con la intención de liberarse de una carga emocional que lo acompañó desde la infancia. “Tengo 10 años y mi papá me caga a palos”, recordó al reconstruir algunos de los episodios que marcaron aquella etapa.

Valentín tenía siete años cuando murió su madre. Según relató, tras la pérdida, él y sus hermanos recibieron la noticia de que Giordano se encargaría de cuidarlos y protegerlos. Sin embargo, aseguró que, tiempo después, la convivencia familiar se transformó en una experiencia traumática que profundizó el dolor que ya atravesaba por la ausencia de Romina.

El joven situó el comienzo de los episodios más graves cuando tenía entre nueve y diez años. En su relato, describió un ambiente doméstico atravesado por golpes, gritos, humillaciones y distintas formas de maltrato psicológico. “Realmente era el infierno vivir en esa casa”, expresó, al recordar que las horas que pasaba en el colegio representaban un alivio frente a lo que, según afirmó, ocurría dentro del hogar.

Entre los hechos que denunció, mencionó agresiones físicas, situaciones de encierro y castigos que, según contó, también incluían privaciones y humillaciones. Sostuvo que esas experiencias afectaron profundamente su autoestima y lo llevaron a sentirse inútil, en parte por los mensajes descalificadores que, según su testimonio, recibía de su padre.

Aunque también hizo referencia a lo que vivió su hermano Franco, Valentín aclaró que su intención era hablar desde su propia experiencia. En ese sentido, destacó el acompañamiento mutuo que encontraron durante aquellos años y aseguró que ambos se brindaron contención frente a una situación que les resultaba difícil de afrontar.

Uno de los aspectos más dolorosos de su testimonio fue la falta de adultos que, según dijo, pudieran ofrecerles protección. Valentín contó que, cuando intentaron pedir ayuda a sus abuelos paternos, no encontraron la respuesta que esperaban. De acuerdo con su relato, la situación de Giordano era justificada por el difícil momento que también atravesaba, una explicación que el joven cuestionó al recordar que todavía era un niño.

La asistencia psicológica tampoco representó, según afirmó, un espacio de seguridad. Valentín sostuvo que su padre conocía lo que hablaba durante las sesiones y que esa circunstancia contribuía a agravar el clima de violencia que denunciaba.

Con el paso del tiempo, la situación llegó a un punto límite. El joven reconoció que durante su infancia tuvo pensamientos vinculados con la muerte y llegó a imaginar que reunirse con su madre podía significar una salida al sufrimiento que experimentaba. Según explicó, esa desesperación fue determinante para que él y su hermano tomaran la decisión de abandonar la casa.

El refugio llegó a través de su abuelo materno, Gustavo Yankelevich, a quien señaló como una figura fundamental en su recuperación. Valentín contó que comenzó a compartir con él lo que sucedía y que, por primera vez, sintió que alguien estaba dispuesto a escucharlo y comprenderlo. “Mi abuelo me salvó la vida. Él me devolvió la vida”, afirmó.

A los 18 años, el joven decidió cambiar su apellido y adoptar el de su familia materna. Según explicó, la elección estuvo vinculada tanto al dolor que le generaba su apellido anterior como al reconocimiento hacia su abuelo, a quien considera una figura paterna fundamental en su historia personal.

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