Una muerte, dos relatos: el adiós a Mujica y la grieta ideológica que Milei profundiza
Mientras América Latina despedía con respeto al exmandatario uruguayo José “Pepe” Mujica, símbolo regional de la humildad, la lucha social y la reconciliación, el presidente argentino Javier Milei eligió el camino opuesto: el del silencio, el repudio indirecto y el alineamiento con los sectores más radicalizados de su espacio, que celebraron la muerte del líder tupamaro con odio explícito.

La falta de condolencias oficiales por parte del Gobierno argentino no fue un descuido. Fue una decisión. Y como toda omisión política, dice más que muchos discursos.
Un silencio que toma partido
La noticia del fallecimiento de Mujica, confirmada el martes por el presidente uruguayo Yamandú Orsi, generó un aluvión de mensajes de reconocimiento a su figura. Desde Cristina Kirchner y Axel Kicillof hasta Mauricio Macri, Horacio Rodríguez Larreta, Martín Lousteau y Elisa Carrió, todos expresaron respeto hacia un dirigente que, más allá de las diferencias ideológicas, supo ganarse admiración por su integridad, su estilo de vida austero y su trayectoria.
Pero en las cuentas oficiales de Javier Milei, de La Libertad Avanza y del Gobierno argentino, reinó un silencio absoluto. Ni una línea. Ni una palabra. Ni siquiera una formalidad diplomática.
La única intervención del presidente argentino sobre el tema llegó al día siguiente, y no fue para lamentar la pérdida de un referente del progresismo continental, sino para repostear un mensaje que lo calificaba de “homicida” y “artero” por su militancia juvenil en el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros. Lo hizo sin mencionarlo directamente, pero el destinatario era claro.
La estigmatización como reflejo
El posteo compartido por Milei pertenece al abogado Alejandro Fargosi, quien escribió: “Sencillamente, no se puede rendir honores a quien ejerció la violencia política hasta su grado máximo: el homicidio individual y artero”. Una frase que omite décadas de democracia, de autocrítica, de militancia institucional y de pacificación nacional que marcaron la vida adulta de Mujica.
Fargosi también cuestionó que se critique a Milei por su retórica agresiva mientras se homenajea a un exguerrillero. La lógica binaria es nítida: para el oficialismo libertario, los muertos propios merecen justicia; los ajenos, escarnio.
De la omisión a la burla: el eco del streaming libertario
El mismo miércoles, Daniel Parisini —conocido como “El Gordo Dan”—, una de las voces más explícitas del universo comunicacional libertario, fue aún más lejos. Desde su canal “Carajo”, calificó a Mujica de “terrorista, delincuente y guerrillero” y cuestionó a quienes mostraron respeto por su muerte: “Basta de dejarse psicopatear por los zurdos. Ellos no nos lloran los muertos a nosotros, no se confundan: festejan”.
La transmisión, como tantas otras en ese espacio, fue un festival de odio, violencia verbal y desprecio. Parisini incluso acusó al PRO de “arrodillarse dialécticamente” ante el progresismo por mostrar solemnidad ante la figura de Mujica. Lo que para muchos fue un acto de humanidad básica, para este sector fue una claudicación.
Pepe Mujica y su advertencia: “No creo en soluciones mágicas”
En vida, Mujica no fue condescendiente con Milei. En una entrevista con C5N en mayo de 2023, dijo con claridad: “No creo en soluciones mágicas”. Analizaba entonces la aparición de líderes que, en nombre de la libertad, buscaban desmantelar los marcos de protección social del Estado. “Le llaman libertad a garantizar la explotación del hombre por el hombre sin ninguna clase de freno ni de regulación”, advertía.
Sus críticas no fueron ni ofensivas ni personales. Fueron políticas. Pero, para el actual gobierno argentino, todo cuestionamiento se responde con revancha, incluso post mortem.
El odio como marca de gestión
Lo que podría haberse interpretado como un desliz comunicacional se convirtió en un gesto ideológico: la negativa a rendir tributo a Mujica forma parte de un modo de ejercer el poder que privilegia el conflicto sobre el diálogo, el ataque sobre la escucha y la desmemoria sobre el reconocimiento.
Javier Milei no solo eligió no homenajear a un referente democrático de la región. Optó, además, por amplificar voces que lo insultan y denigran. Así, quedó trazada una vez más la estrategia que lo define: tensionar, provocar y polarizar. Incluso cuando el gesto más mínimo de respeto institucional era no solo esperable, sino necesario.
No se trató de una diferencia ideológica. Fue un acto de desprecio. Y el desprecio, cuando lo ejerce quien detenta el poder, deja de ser opinión: se convierte en política de Estado.
