Octavio Majul, contra su padre Luis: una crítica a la ética periodística desde el corazón del vínculo familiar
En una entrevista cargada de tensión emocional y política, Octavio Majul Conte Grand, politólogo, doctor en Ciencias Sociales y columnista, volvió a marcar distancia con su padre, el periodista Luis Majul, al cuestionar abiertamente su ética profesional. “A mi viejo le importan los efectos políticos de lo que dice y no la verdad”, sentenció en declaraciones radiales, en un mensaje tan personal como simbólicamente potente en el debate sobre el rol del periodismo en la Argentina actual.

Lejos de tratarse de una simple disputa familiar, el cruce entre padre e hijo abre una ventana incómoda pero reveladora sobre las tensiones que atraviesan a los medios de comunicación y sus figuras más influyentes. La crítica de Octavio no apunta sólo a un vínculo privado deteriorado, sino a una forma de ejercer el periodismo ligada al cálculo político más que a la búsqueda de la verdad. En sus palabras se proyecta un malestar generacional, intelectual y político.
“Yo no consumo lo que hace, me haría recontra mal”, expresó Octavio al referirse a los productos mediáticos de su padre. Y si bien aclaró que actualmente no están peleados, sostuvo que “una de las cosas más lindas de la academia es que promueve el debate de ideas sin poner nombres en juego, algo que en los medios no pasa”. El contraste entre la reflexión académica y el show mediático funciona, en su discurso, como denuncia indirecta a las lógicas que gobiernan el periodismo político argentino.
Lo más sorprendente es que sus palabras no son dichas con odio ni resentimiento, sino desde una aparente mezcla de resignación, afecto personal y desencanto ideológico. “Mi viejo, en privado, es un cago de risa. Lo que mejor hace es actuar”, deslizó, en una frase tan filosa como reveladora. El periodista como intérprete, el medio como escenario y la política como espectáculo: ese es, parece decir Octavio, el corazón de un problema mayor.
En la entrevista también recordó su adolescencia bajo el clima de los escraches kirchneristas a su padre, cuando era blanco de insultos por la calle. Y aunque en su juventud simpatizó con el kirchnerismo —al punto de participar del acto de despedida de Cristina Fernández de Kirchner en 2015—, hoy evita identificarse con una etiqueta política definida. La reflexión no está exenta de ironía: “Pasó de tener que competir contra Lanata a competir con ‘el Gordito’ Viale”, dijo sobre su padre, aludiendo a las nuevas dinámicas de la televisión política.
La incomodidad generada en el estudio radial fue palpable. El conductor Nicolás “Cayetano” Cajg, visiblemente sorprendido, le reprochó que “le estaba pegando” a su padre. Pero Octavio respondió con firmeza: “No lo tengo que defender. Le va recontra bien. No necesita que lo defienda”. De fondo, una idea clara: el éxito profesional no exime de cuestionamientos éticos.
El episodio trasciende la anécdota familiar. Habla del desgaste del relato mediático tradicional, de los hijos que interpelan a sus padres por el legado que dejan, y de una sociedad cansada de discursos formateados al servicio de intereses. Que sea el hijo de una figura como Majul quien ponga en duda su integridad profesional no es un dato menor: es un símbolo de quiebre y también una demanda urgente por un periodismo que vuelva a poner en el centro a la verdad, incluso por encima del rating o la conveniencia política.
En un contexto de polarización mediática y descrédito generalizado, las palabras de Octavio resuenan como un eco incómodo pero necesario. ¿Cuántos otros debates similares se dan —o se callan— en los medios de comunicación? ¿Cuánto se pierde cuando se reemplaza la verdad por el impacto político? Quizás la conversación entre los Majul no sea solo un asunto de familia. También es un síntoma de época.
