“No hay plata”: una fábrica con el eslogan de Milei suspende a todo su personal sin sueldo
La pyme santafesina Marengo, que a comienzos de año saltó a la fama por sus caramelos con la frase “No hay plata”, hoy enfrenta una paradoja cruel: suspendió a los 60 operarios de su planta en Rafaela sin goce de sueldo, en una situación que refleja con dureza los efectos sociales del modelo económico que supo parodiar.

La medida regirá del 14 al 27 de julio y fue notificada —según denunció el sindicato— por medio de mensajes de WhatsApp, sin contacto formal ni comunicación oficial previa al gremio de la alimentación.
El argumento legal invocado por la empresa esgrimió “fuerza mayor y falta de trabajo no imputable al empleador”, amparándose en los artículos 218 a 221 de la Ley de Contrato de Trabajo. En paralelo, Marengo avanza con el inicio de un Procedimiento Preventivo de Crisis (PPC) ante el Ministerio de Trabajo, paso habitual cuando las empresas buscan amortiguar costos ante posibles despidos masivos.
La situación, más allá de sus aspectos formales, pone en evidencia la debilidad estructural que enfrentan miles de pymes en la Argentina actual. Marengo intentó —con marketing ácido y apelando al humor— capitalizar la crisis con un producto que hacía referencia directa al latiguillo presidencial. Pero lo que nació como ironía terminó devorando a sus propios autores. La campaña decía “Al mal tiempo, buena cara”, pero en la práctica, los trabajadores no recibieron ni un gesto: solo una suspensión repentina, sin ingreso alguno, en medio del invierno y la recesión.
El contraste entre la propaganda y la realidad es brutal. En un país donde el consumo masivo cae mes a mes y la recesión golpea todos los eslabones de la cadena productiva, las pymes se ven acorraladas por tarifas impagables, caída de ventas y, en casos como el de Marengo, contingencias climáticas que terminan por agravar el cuadro.
Pero lo más grave no es solo económico: es humano. Decisiones como la de Marengo trasladan el costo de la crisis directamente sobre quienes menos pueden afrontarlo: sus trabajadores. Suspender sin sueldo a todo el plantel y hacerlo, además, sin notificación formal, revela un desprecio preocupante por los derechos laborales. La falta de diálogo con el gremio y la improvisación con que se ejecutó la medida exhiben también una gestión empresaria que, al menos en esta coyuntura, prioriza la supervivencia financiera sobre el trato digno y legal a su personal.
Desde el Sindicato de la Alimentación calificaron la medida de “arbitraria y sin sustento”. Para el próximo martes está prevista una audiencia en la delegación local del Ministerio de Trabajo, con la expectativa de que al menos se garantice algún tipo de compensación para los empleados suspendidos.
Lo cierto es que Marengo —como muchas otras pymes— está en un laberinto: sin ventas, sin ayuda del Estado y con un modelo económico que privilegia la estabilidad financiera por sobre la producción, queda atrapada en la misma trampa que denunció con sarcasmo. Y ahora, ni el ingenio publicitario ni la viralidad en redes alcanzan para evitar el colapso.
La historia de los caramelos “No hay plata” terminó siendo una amarga metáfora nacional. El ajuste que empezó como eslogan se convirtió en realidad concreta. Y sus consecuencias ya no se miden en redes sociales ni en frases de campaña, sino en familias sin ingresos, fábricas vacías y un tejido productivo que se deshilacha cada día un poco más.
