Milei responsabilizó a Melconian por la crisis de Los Grobo y profundiza su enfrentamiento con el establishment económico
En un nuevo capítulo de su ofensiva contra referentes del círculo económico tradicional, el presidente Javier Milei culpó públicamente a Carlos Melconian por la delicada situación financiera que atraviesa Los Grobo Agropecuaria, uno de los principales grupos agroindustriales del país.

La acusación no fue menor: “Melconian mandó a la quiebra a Grobocopatel apostando un dólar a $2000”, lanzó Milei, cargando con dureza contra el ex candidato a ministro de Economía de Patricia Bullrich y habitual voz crítica del rumbo actual.
La referencia presidencial no es aislada ni casual. Llega en un momento de creciente tensión entre el Gobierno y el sector empresarial, en medio de una recesión que golpea el consumo, la producción y el empleo.
La caída de Los Grobo, que en febrero solicitó el concurso preventivo de acreedores tras entrar en default por más de 207 millones de dólares, se transformó ahora en un arma discursiva para el oficialismo, que intenta adjudicar responsabilidades al “establishment” económico y deslindarse de los costos de la crisis.
El argumento de Milei apunta a deslegitimar las advertencias de economistas que cuestionan la sostenibilidad de su modelo: “Algunos de esos econochantas mentirosos mandaron a la quiebra a empresas con sus asesoramientos sobre el tipo de cambio”, dijo el mandatario, dando por sentado que diagnósticos catastrofistas —como los que anticipaban un dólar libre a $2000— empujaron decisiones financieras de alto riesgo por parte de empresas como Los Grobo.
Sin embargo, la situación es más compleja. El default del grupo agroindustrial tiene múltiples causas: desde dificultades estructurales en el negocio agroquímico, hasta desajustes financieros provocados por la suba de tasas y la caída de la rentabilidad en el sector. Aunque la empresa está controlada en un 90% por el fondo Victoria Capital Partners, el apellido Grobocopatel —hoy con un rol societario menor— sigue siendo emblemático en el imaginario agroindustrial argentino.
La explicación oficial de la compañía ante la CNV fue más técnica que ideológica: la solicitud del concurso preventivo busca “mantener operativas las compañías mientras se busca una solución integral”, sin afectar el empleo ni el funcionamiento. Pero el Presidente prefirió usar el episodio como ejemplo de lo que, a su juicio, ocurre cuando las empresas toman decisiones influenciadas por analistas económicos que —según él— “no entienden nada de macroeconomía”.
Este señalamiento tiene una doble función política. Por un lado, Milei intenta blindarse ante la creciente crítica empresarial por el derrumbe del mercado interno y el enfriamiento de la economía real. Por otro, profundiza su narrativa de outsider enfrentado al “club de economistas” que durante décadas monopolizó el debate público, y que ahora ve con recelo su experimento de ajuste extremo, desregulación y desmonetización.
El caso Los Grobo es apenas un botón de muestra. Pero Milei lo transforma en símbolo de su batalla cultural y económica: una lucha contra las “vacas sagradas” del análisis económico, contra los pronósticos que no se concretan, y contra lo que considera una élite profesional “fallida”. Sin embargo, en esa operación también esconde un dato central: los efectos reales de su programa económico sobre el entramado productivo del país.
Mientras el Presidente se aferra a indicadores fiscales y monetarios para demostrar éxito, la caída de grandes compañías, el cierre de pymes, y la pérdida de poder adquisitivo empiezan a tensionar el contrato social que lo sostuvo en sus primeros meses. Que la crisis de una firma icónica como Los Grobo sea usada para saldar cuentas con Melconian es una muestra más del estilo Milei: confrontativo, disruptivo, pero también esquivo frente a la responsabilidad del Estado en el devenir de la economía real.
