Máximo Thomsen, uno de los asesinos de Fernando Báez Sosa, está aislado en el penal de Melchor Romero
Mientras la causa judicial permanece cerrada y las condenas se cumplen en paralelo, la vida intramuros de los rugbiers sigue actuando como un termómetro del debate público sobre justicia, castigo y reinserción.

El caso Báez Sosa, que marcó un antes y un después en la discusión pública sobre violencia juvenil, sigue generando repercusiones casi seis años después.
El reciente aislamiento de Máximo Thomsen en la Alcaidía Nº3 de Melchor Romero —una medida adoptada tras una pelea con otro interno el 12 de octubre— volvió a colocar el foco sobre la situación carcelaria de los ocho rugbiers condenados y sobre cómo el sistema penitenciario gestiona perfiles de alta exposición mediática.
Thomsen, actualmente apartado del resto de la población carcelaria, continúa asistiendo a talleres de alfabetización jurídica y derechos humanos. Este dato evidencia que, aun en condiciones de encierro más estrictas, el Servicio Penitenciario Bonaerense busca sostener una oferta mínima de actividades formativas.
Sin embargo, también abre interrogantes sobre el grado de protección especial que reciben ciertos detenidos debido a su notoriedad pública y a los riesgos asociados.
El resto de los condenados transita rutinas diferenciadas dentro del mismo complejo penitenciario. La dispersión de los rugbiers en distintos pabellones y con distintos niveles de contacto responde a razones de seguridad, prevención de conflictos y, en algunos casos, a situaciones de salud mental.
El caso de Luciano Pertossi —aislado tras un episodio que fue interpretado como un intento de suicidio, aunque su familia lo negó— muestra la tensión entre la gestión institucional del riesgo y la versión de los allegados.
Algunos de los internos, como Enzo Comelli y Matías Benicelli, mantienen una participación activa en talleres y actividades deportivas, mientras que otros, como Blas Cinalli y Ayrton Viollaz, cumplen una rutina más estandarizada basada en educación física y actividades recreativas.
El caso de Lucas Pertossi resulta particular: además de asistir a talleres de cocina y huerta, se encuentra estudiando abogacía, un camino que refleja la estrategia de varios condenados por delitos graves que buscan reconfigurar su perfil dentro del penal.
El reciente estreno de la serie documental de Netflix volvió a proyectar el caso en la agenda pública y reforzó el escrutinio sobre la vida en prisión de los ocho jóvenes. Esta exposición mediática genera un doble efecto: presiona al sistema penitenciario a garantizar condiciones de seguridad excepcionales, pero al mismo tiempo alimenta la percepción social de que pueden recibir un trato diferencial frente a otros internos sin la misma visibilidad.
La situación de Thomsen en aislamiento es, en definitiva, un síntoma de un problema mayor: cómo maneja el Estado a detenidos cuya notoriedad intensifica las tensiones internas de un penal ya de por sí saturado y complejo.
