8 de mayo de 2026

Los argentinos comen menos y peor: la crisis dispara el endeudamiento en supermercados

Una encuesta nacional de la consultora Management & Fitpolítica reveló que ocho de cada diez hogares cambiaron sus hábitos de consumo, y lo hicieron a la baja: menos carne, más cortes económicos, productos de menor calidad y primeras marcas sustituidas por segundas o terceras.

La crisis económica no solo se mide en inflación o recesión: se refleja, con crudeza, en la mesa de los argentinos.

El impacto más visible está en la alimentación. Las familias reducen porciones o eliminan comidas, mientras el consumo de carne —símbolo histórico del bienestar argentino— se derrumba. A la par, otros rubros como indumentaria y calzado son directamente postergados, lo que marca un proceso de empobrecimiento transversal que alcanza incluso a sectores medios, hasta hace poco relativamente protegidos.

La encuesta también expone la raíz del problema: el 46,3% de los hogares admite que sus ingresos no alcanzan para cubrir los gastos del mes, mientras otro 29,6% lo logra con dificultades y un 16,7% directamente con “grandes dificultades”. Es decir, más de nueve de cada diez argentinos viven al límite, ajustando cada peso que entra al hogar.

En este escenario, se profundiza una tendencia preocupante: la financierización del consumo básico. Un estudio del Centro de Estudios para la Recuperación Argentina (CentroRA), de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, advierte que crece de manera sostenida el uso de la tarjeta de crédito para compras en supermercados. Entre diciembre de 2023 y mayo de 2025, pasó del 39% al 46% del total de pagos, mientras que la tarjeta de débito cayó del 34% al 27% y el efectivo del 20% al 16%.

El dato revela que las familias no solo comen menos y peor, sino que además se endeudan para hacerlo. El supermercado, espacio de consumo cotidiano, se convirtió en una extensión del banco: una compra de alimentos es, cada vez más, una deuda a futuro.

La aparente paradoja de una “incipiente recuperación” de la actividad económica con un consumo aún deprimido muestra que la estabilidad macro no se traduce en bienestar social. Lo que crece no es el poder adquisitivo, sino la fragilidad de los hogares: menos calidad de vida, más crédito para sobrevivir y una dieta cada vez más pobre.

La crisis redefine hábitos y prioridades, pero también desnuda un modelo económico que ajusta sobre la mesa de los argentinos. Y allí, donde se mide el bienestar real, la foto es clara: el consumo se achica, la calidad de vida se deteriora y el crédito reemplaza al ingreso como sostén de la subsistencia diaria.

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