La inteligencia artificial enciende una alarma global
Más de 1.000 expertos en Inteligencia Artificial acaban de firmar una petición para suspender por al menos seis meses las investigaciones en tecnologías por posibles “grandes riesgos para la humanidad”.

En la carta se preguntan preocupados: ¿Debemos permitir a las máquinas inundar nuestros canales de información con propaganda y mentiras? ¿Debemos automatizar todos los trabajos, incluidos los gratificantes? ¿Debemos arriesgarnos a perder el control de nuestra civilización? Estas decisiones no deben delegarse en líderes tecnológicos no electos”.
Es una carrera capitalista descontrolada en el desarrollo de sistemas cada vez más poderosos en la vida cotidiana digital que nadie, ni siquiera sus creadores, entienden, predicen o pueden controlar, como la foto viral del Papa Francisco creada con un software de IA, o el supuesto arresto del ex presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
En un frenesí de consumo de comunicación e información, resulta urgente preguntarse cuál es su implicancia en la opinión pública, campañas electorales y procesos democráticos.
Los algoritmos de la jaula digital piensan al humano como consumidor pasivo, como un votante sin interés real de la política y lo colectivo, subyugado al individualismo y la vida de aplicaciones. Entonces solo tiene capacidad de reaccionar como consumidor frente a una góndola con un click o like, reemplazando cualquier acción política transformadora.
De esta forma el poder político y económico, se transforman en perfectos proveedores para sus clientes o consumidores de rodillas ante ejércitos de trolls, teorías conspirativas y discursos de odio.
De modo que como consumidores y “empresarios de nosotros mismos”, donde la autoexploración disfrazada de “Libertad” que nos ubica en el mejor podio meritócrata, nos degrada en cómplices y guardianes de la rebelión de las máquinas, donde toda información es cuantificada y cualificada, donde las Apps se apoderan de nuestra vida con políticas dudosas de privacidad a merced del negocio corporativo y el control social estatal.
Fuente: Revista y Editorial Sudestada
