La industria textil argentina enfrenta una tormenta perfecta que amenaza su supervivencia
Ni las rebajas ni las liquidaciones logran reactivar las ventas, mientras la combinación de recesión, apertura importadora y problemas estructurales golpea con fuerza a un sector que históricamente fue motor del empleo.

Ernesto Del Burgo, presidente de la Cámara de Innovación Textil Argentina, describió el panorama con una frase que refleja el dramatismo del momento: “El consumo está tan deprimido que parece congelado, frisado”.
Del Burgo advierte que la situación actual es mucho más que una simple crisis coyuntural: “Estamos en una maratón, es un cambio de régimen. Se cayó el muro y de repente hay que salir a correr”. En otras palabras, la industria debe adaptarse a un mercado abierto y altamente competitivo, donde el precio se impone como único factor decisivo para el consumidor. “La gente compra por precio, por impulso, por oportunidades. Y venimos de muchos años donde no se podía comprar nada, salvo de contrabando. Hoy eso que antes era contrabando, se convirtió en importación”, subrayó.
La problemática, sin embargo, va más allá de la competencia externa. Según el dirigente, el sector arrastra un “cóctel explosivo” de obstáculos: alta carga impositiva, rigideces laborales, costos logísticos elevados e inseguridad. “Son problemas que afectan a toda la economía, pero en nuestro caso son especialmente pesados”, reconoció.
En medio de este escenario adverso, la innovación aparece como única tabla de salvación. “Tenemos máquinas de última generación: corte automatizado, termosellado, costura sin hilo. Lo que nos queda es aprender a usarlas, capacitar a nuestra gente y salir a pelear el mercado. La industria textil argentina tiene que dejar de ser analógica”, afirmó Del Burgo, quien insiste en que el cambio tecnológico no es opcional.
A pesar del desánimo generalizado, el dirigente encuentra señales alentadoras: “Mis hijos, que son la cuarta generación de textiles en mi familia, antes querían irse del país. Hoy están acá, laburando a full, comprando tela, invirtiendo. Bajó el precio de insumos y eso nos da algo de aire”.
Con esa mirada pragmática, cerró con una metáfora que sintetiza la resiliencia del sector: “O me pongo a llorar, o vendo pañuelos. Y nosotros, desde la Cámara, estamos vendiendo pañuelos, apostando a que esta industria histórica vuelva a moverse”.
