La CGT anunció acciones judiciales contra el nuevo decreto que restringe el derecho a huelga
En medio de un creciente conflicto entre el Gobierno y el movimiento obrero, la Confederación General del Trabajo (CGT) confirmó que recurrirá a la Justicia para frenar el nuevo decreto presidencial que restringe el derecho a huelga en actividades recientemente calificadas como “esenciales”.

El anuncio fue realizado por el cosecretario general de la central, Héctor Daer, luego de una reunión con el jefe de Gabinete, Guillermo Francos, en la Casa Rosada.
Aunque el encuentro se enfocó en un conflicto gremial puntual en el Hospital Naval “Cirujano Mayor Doctor Pedro Mallo”, el contexto no dejó lugar a dudas: la tensión entre el sindicalismo y el Gobierno nacional está escalando, y el decreto que busca limitar las huelgas actúa como catalizador de un enfrentamiento político y jurídico de alto impacto.
El derecho a huelga, en disputa
El decreto, que reedita aspectos ya planteados en el DNU 70/2023, reabre una disputa constitucional sensible: la facultad del Ejecutivo para legislar por decreto en materias que afectan derechos fundamentales, como la protesta laboral. Según Daer, el Gobierno busca reinstalar una medida que ya fue declarada inválida por la Justicia en dos instancias, simplemente cambiando la denominación de “actividades trascendentales” por “esenciales”.
“Están reiterando lo mismo que ya fue rechazado. Para nosotros, la suspensión sigue vigente”, señaló el dirigente, anticipando que la CGT presentará nuevos recursos judiciales la próxima semana.
La crítica apunta no solo a la medida concreta, sino al modo de gobernar que, en opinión de los gremios, se caracteriza por la imposición unilateral de reformas estructurales sin mediación del Congreso ni diálogo con los sectores afectados.
Entre el conflicto laboral y la crisis institucional
Si bien Daer insistió en que su presencia en Casa Rosada respondió a su rol como secretario general de Sanidad y no como referente cegetista, su aparición en el despacho de Francos tuvo un claro valor político. En medio de un intento por instalar una “nueva relación con el sindicalismo”, el Gobierno se muestra abierto a recibir dirigentes gremiales, pero sin ceder en el núcleo de sus reformas.
Sin embargo, la central obrera ve con creciente preocupación el rumbo del Ejecutivo. La ofensiva contra el derecho de huelga, sumada a una reforma laboral incluida en la Ley Bases que –según Daer– no generó empleo ni redujo la informalidad, configura un escenario donde los sindicatos se sienten arrinconados y empujados a responder por vía judicial, y eventualmente política.
Diálogo en pausa, confrontación en curso
Pese a los canales informales de comunicación con algunos funcionarios como Santiago Caputo, Daer desmintió la existencia de una mesa de diálogo formal con el Ejecutivo. En este marco, el sindicalismo enfrenta un dilema estratégico: cómo resistir el avance gubernamental sin aislarse ni quedar reducido a una lógica puramente defensiva.
Por ahora, la CGT descarta un nuevo paro general y apuesta a la vía judicial. Sin embargo, el malestar crece, y la judicialización del conflicto puede ser solo el prólogo de una nueva etapa de confrontación abierta.
Lo que está en juego no es solo el contenido de una norma, sino el modelo de relaciones laborales que el Gobierno intenta imponer: uno donde el equilibrio entre capital y trabajo se ve alterado en nombre de la competitividad, y donde el sindicalismo tradicional es visto como un obstáculo a remover más que un actor social a considerar.
Una pulseada que excede lo gremial
La pulseada por el derecho a huelga no es menor. Se trata de un principio constitucional reconocido como eje de la libertad sindical, y su reinterpretación vía decreto representa una señal inquietante sobre el tipo de institucionalidad que promueve el oficialismo.
Si la Justicia vuelve a fallar contra el Gobierno, el revés será doble: legal y político. Si, en cambio, el decreto es convalidado, se consolidará un precedente riesgoso para el equilibrio democrático, en el que el poder Ejecutivo avanza sobre derechos sin consensos previos ni controles efectivos.
El conflicto, entonces, no es solo gremial. Es institucional, simbólico y profundamente político. Y el desenlace que adopte marcará el tono de lo que resta del año político y sindical en la Argentina.
