10 de agosto de 2026

La Argentina de Milei: con salarios congelados, el 90% de los argentinos convive hoy con deudas

Lo que se vive hoy no es libertad económica, al contrario: dependencia, precariedad y sometimiento a un sistema financiero que gana con la necesidad de las mayorías. Esa es la verdadera radiografía del presente argentino. Y es también la advertencia más clara: un modelo que basa su equilibrio en el endeudamiento social no puede sostenerse en el tiempo sin profundizar la desigualdad y la exclusión.

La Argentina de Milei se sostiene en un discurso que promete “ordenar la economía”, “terminar con el déficit” y “encaminar al país hacia la prosperidad”.

Sin embargo, más allá de la retórica libertaria y las cifras frías que exhibe el Gobierno, los datos concretos de la vida cotidiana revelan un panorama totalmente opuesto: salarios congelados, familias endeudadas y una estructura social que vuelve a repetir escenas que parecían superadas desde la crisis de 2008.

El 90% de los argentinos convive hoy con deudas. No se trata de un endeudamiento vinculado a proyectos productivos, a la compra de una vivienda o a inversiones de largo plazo. Todo lo contrario: el 58% de esas deudas se explica por la necesidad de comprar alimentos.

Este solo dato desnuda el carácter estructural del problema. Millones de familias argentinas no se endeudan para progresar, sino para comer. Es la fotografía más descarnada de una economía que condena a la mayoría a sobrevivir a fuerza de créditos, préstamos informales o refinanciaciones que generan una dependencia crónica del endeudamiento.

El congelamiento de salarios impulsado por la administración Milei profundizó este cuadro. Mientras el Gobierno se jacta de haber domado la inflación a través de un ajuste feroz del gasto público, lo cierto es que la capacidad de compra de los trabajadores se deteriora mes a mes.

Con ingresos que no acompañan el aumento de los precios, la única salida para millones de hogares es endeudarse. No por elección, sino por necesidad. El modelo económico actual convierte al crédito en una muleta imprescindible para llegar a fin de mes, incluso para sectores medios que antes lograban sostenerse sin recurrir al endeudamiento.

La situación de los inquilinos ilustra con claridad la magnitud del problema. El 65% tuvo que endeudarse para poder pagar el alquiler.

Esto muestra no solo la insuficiencia de los ingresos, sino también el colapso de un mercado inmobiliario desregulado que expulsa a quienes no pueden acceder a una vivienda propia y empuja a los hogares a hipotecar su futuro en cuotas, préstamos o tarjetas. La vivienda, un derecho básico, se transforma en un factor de endeudamiento masivo.

El relato oficial habla de “esfuerzo necesario” y “sacrificios para alcanzar la libertad económica”. Pero detrás de esa narrativa se esconde una transferencia brutal del costo del ajuste hacia las familias trabajadoras. El Estado achica su rol, congela ingresos y reduce su capacidad de intervención, mientras el sector financiero encuentra un terreno fértil para expandirse a través del endeudamiento de la población. No hay milagro económico, sino un modelo que multiplica la fragilidad social.

La comparación con 2008 no es casual. En aquel entonces, la crisis global arrastró a millones de personas al endeudamiento para cubrir gastos básicos. Hoy, bajo un contexto distinto, la foto es casi idéntica: 9 de cada 10 familias endeudadas, ingresos insuficientes y un horizonte de incertidumbre. Lo que se repite es la lógica de una economía que se sostiene sobre el endeudamiento privado cuando los salarios se paralizan.

El verdadero problema es que este escenario no se agota en el presente. La deuda familiar no solo compromete la estabilidad de los hogares en el corto plazo, sino que condiciona las posibilidades de consumo y desarrollo en el futuro. Cada peso que se destina a pagar una deuda adquirida para comprar alimentos o pagar el alquiler es un peso menos que podría destinarse a educación, salud o ahorro. El endeudamiento masivo no es una solución: es una trampa que posterga y limita las posibilidades de progreso de toda una generación.

La Argentina de Milei se presenta como un país que avanza hacia la “modernidad económica”, pero en la práctica es un país que vuelve a los viejos fantasmas del endeudamiento familiar como estrategia de supervivencia. La narrativa oficial puede maquillar indicadores y exhibir gráficos en conferencias internacionales, pero no puede ocultar una realidad que se repite en cada hogar: ingresos estancados, precios en aumento y deudas que se acumulan mes a mes.

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