17 de junio de 2026

La alimentación temprana podría sumar hasta 10 puntos al coeficiente intelectual infantil

Un estudio masivo que analizó 73 investigaciones internacionales sugiere que la dieta durante la infancia y la adolescencia tiene un impacto significativo en el desarrollo cognitivo futuro. Ciertos nutrientes como el hierro, el yodo y el zinc serían clave para potenciar la inteligencia.

Ph: Ser padres

La Universidad de Swansea, en Reino Unido, lideró esta revisión científica publicada en la revista Advances in Nutrition. Los investigadores se centraron en dos etapas críticas del desarrollo cerebral: los primeros años de vida y la pubertad.

En estos periodos, el cerebro es especialmente vulnerable a una nutrición deficiente, lo que podría tener consecuencias duraderas en la capacidad intelectual.

Los hallazgos más relevantes

Primera infancia: Una dieta rica en frutas, verduras, cereales integrales y lácteos se asoció con mejores resultados en pruebas de inteligencia, especialmente en menores de tres años. Por el contrario, el consumo de alimentos ultraprocesados y azucarados se vinculó con un rendimiento cognitivo inferior, sobre todo durante el primer año de vida.

Sustancia blanca cerebral: Un estudio en los Países Bajos que siguió a casi 1.900 niños durante varios años encontró que los hábitos alimentarios poco saludables en la etapa de lactancia se relacionaban con una menor cantidad de sustancia blanca cerebral a los 10 años, lo que a su vez se asociaba con un coeficiente intelectual más bajo.

Nutrientes clave:

Si se corrigieran las deficiencias globales de yodo, zinc y hierro, el coeficiente intelectual medio de la población infantil podría aumentar hasta 10 puntos.

El hierro resultó particularmente relevante: su carencia entre los 6 y los 12 meses de vida se asoció con dificultades en la atención, el cálculo y el control cognitivo, incluso años después.

Adolescencia: un panorama más complejo

En esta etapa, los efectos de los suplementos nutricionales fueron menos claros. El hierro o el yodo solo mejoraban el rendimiento cuando existía una deficiencia real. La vitamina D y los omega-3 no mostraron beneficios consistentes, aunque sí se observó que niveles altos de omega-3 en sangre se relacionaban con una mejor inteligencia. De nuevo, una alimentación saludable (cereales integrales, frutas, verduras y lácteos) se asoció con un mayor coeficiente intelectual, mientras que el consumo de azúcar se vinculó con una disminución del mismo.

Prudencia científica

A pesar de la contundencia de los indicios, los autores del estudio piden cautela. La inteligencia es un rasgo complejo determinado por múltiples factores como la genética, la educación, el entorno familiar y las condiciones sociales. Además, los estudios analizados presentaban diferencias metodológicas importantes.

Los investigadores recomiendan futuros estudios que utilicen biomarcadores para medir la ingesta de nutrientes de forma más objetiva y que delimiten mejor las fases del desarrollo cerebral. En conclusión, este análisis refuerza la idea de que una alimentación equilibrada en los primeros años de vida puede favorecer el desarrollo intelectual, pero aún queda mucho por investigar sobre el papel exacto de cada nutriente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *