Javier Milei se alinea con Trump y suma a la Argentina al Consejo de la Paz
Para la Argentina, la decisión de Milei implica una apuesta estratégica que podría tensionar su relación con los foros multilaterales tradicionales. Si bien el gobierno busca ganar visibilidad y alinearse con potencias afines ideológicamente, el costo potencial es un mayor distanciamiento de la ONU y de los mecanismos de gobernanza global que, con todas sus limitaciones, siguen siendo centrales para la resolución de conflictos internacionales.

En el marco del Foro Económico Mundial de Davos, el presidente Javier Milei formalizó la adhesión de la Argentina al Consejo de la Paz impulsado por su par estadounidense Donald Trump, un nuevo organismo internacional que, bajo el discurso de la cooperación global, introduce una estructura de poder fuertemente centralizada y plantea un desafío directo al rol histórico del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
La iniciativa fue presentada por Trump como un mecanismo complementario a la ONU, aunque su diseño institucional revela un esquema marcadamente asimétrico. La carta fundacional otorga a Estados Unidos un papel predominante, mientras que el resto de los países miembros queda relegado a una función secundaria.
El propio Trump se autoproclamó presidente vitalicio del Consejo y se reservó poder de veto sobre las decisiones estratégicas, consolidando un liderazgo personalista que refuerza el sesgo unilateral de su política exterior.
La participación de Milei no resulta un hecho aislado, sino coherente con la orientación internacional de su gobierno. Desde su asunción, el mandatario argentino ha manifestado afinidad ideológica con Trump y con otros líderes que cuestionan los organismos multilaterales tradicionales. En ese sentido, la adhesión al Consejo de la Paz puede leerse como una señal política clara: la Argentina se posiciona del lado de un nuevo entramado internacional que prioriza alianzas selectivas y liderazgos fuertes por sobre los consensos amplios y las reglas multilaterales.
El acto de firma reunió a dirigentes y funcionarios de 19 países, entre ellos el presidente de Paraguay, Santiago Peña; el primer ministro de Hungría, Viktor Orbán; y el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, todos líderes asociados a visiones soberanistas o críticas del orden internacional vigente. En primera fila se ubicaron figuras clave del círculo de poder trumpista, como el secretario de Estado Marco Rubio, el emisario Steve Witkoff y Jared Kushner, lo que reforzó la impronta política e ideológica del nuevo organismo.
Otro elemento que despierta interrogantes es el esquema de membresía permanente, cuyo costo asciende a mil millones de dólares, y la lista de invitados a integrar el Consejo, que incluye a líderes con posiciones enfrentadas en conflictos internacionales abiertos, como Vladimir Putin, Benjamin Netanyahu y Volodimir Zelenski, además del papa León XIV. Esta heterogeneidad, sumada al control concentrado en manos de Trump, plantea dudas sobre la viabilidad real del organismo como espacio de mediación efectiva.
