11 de mayo de 2026

Gas de Vaca Muerta: Argentina apuesta al GNL con un segundo barco, pero persisten interrogantes estructurales

El anuncio de la instalación de un segundo buque de licuefacción de gas natural licuado (GNL) para exportación, en el Golfo San Matías, fue celebrado por el ministro de Economía, Luis Caputo, como una señal de confianza en el potencial energético argentino.

Sin embargo, detrás del optimismo oficial se esconden desafíos estructurales aún no resueltos: la infraestructura pendiente, la sostenibilidad del modelo exportador y la estrategia de desarrollo a largo plazo en torno a Vaca Muerta.

El acuerdo firmado entre las empresas Southern Energy y Golar LNG, con una vigencia de 20 años, prevé la operación del buque flotante «MKII» a partir de fines de 2028, que se sumará al ya anunciado «Hilli Episeyo», cuya entrada en operaciones se espera en 2027. En conjunto, ambas unidades permitirán exportar hasta 27 millones de metros cúbicos diarios de gas natural, equivalentes a 6 millones de toneladas anuales de GNL.

Una oportunidad geoeconómica con riesgo logístico

El nuevo proyecto fortalece la proyección exportadora de la Argentina en un mercado energético global ávido de diversificación, especialmente desde la crisis energética europea posterior a la guerra en Ucrania. La participación de actores clave como YPF, PAE, Pampa Energía, Harbour Energy y Golar LNG muestra que hay músculo privado y público para el desarrollo.

No obstante, la concreción del plan depende de una obra de infraestructura estratégica aún inexistente: un gasoducto dedicado entre Vaca Muerta (Neuquén) y el Golfo San Matías (Río Negro). En otras palabras, la exportación de GNL en grandes volúmenes está sujeta no solo a la llegada de los barcos, sino también a la ejecución de obras que, hoy por hoy, ni siquiera han comenzado.

La paradoja energética argentina

La paradoja es que mientras se celebran acuerdos de exportación a futuro, el país enfrenta tensiones internas por el abastecimiento energético, falta de inversión sostenida en infraestructura y tarifas que aún no reflejan los costos reales de producción y transporte. En este contexto, la visión de convertir a la Argentina en un «exportador neto de energía» corre el riesgo de ser más narrativa que estrategia.

Además, los beneficios reales de este tipo de proyectos para el país dependerán de la capacidad estatal de captar renta, establecer marcos regulatorios estables y asegurar que la mayor parte del valor agregado no quede en manos de los operadores internacionales.

Un plan a largo plazo sin política de largo plazo

La construcción del barco MKII se encuentra en marcha en un astillero chino y su arribo está previsto para 2028. Eso deja abierta la pregunta sobre qué políticas energéticas, regulatorias y macroeconómicas imperarán en el país de aquí a tres años. Con un horizonte cambiante y sin planificación estatal firme, la apuesta por el GNL corre el riesgo de naufragar en la volatilidad.

El Gobierno lo presenta como una señal de confianza del capital extranjero. Pero los antecedentes de políticas erráticas, giros abruptos en el modelo energético y dependencia de inversiones externas obligan a un análisis más crítico: ¿cuánta soberanía energética puede construirse solo con iniciativas de privados y sin una estrategia nacional de desarrollo productivo?

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