Éxodo empresarial: Shell pone en venta su refinería y 700 estaciones en Argentina y deja en riesgo 2.500 empleos
El “éxodo” ya no es solo una metáfora: es una señal de que, sin un giro de política económica que recupere previsibilidad y condiciones favorables para invertir, la desindustrialización y la pérdida de empleo pueden profundizarse en los próximos meses.

La decisión de Raízen, la compañía que integra el grupo brasileño Cosan junto con Shell, de poner en venta sus activos en Argentina abre un nuevo capítulo en el éxodo de multinacionales que vienen abandonando el país.
La empresa contrató a J.P. Morgan para la valuación y posterior comercialización de la refinería de Dock Sud —la más antigua del país, con una capacidad de procesamiento de 100.000 barriles diarios— y de la red de más de 700 estaciones de servicio Shell, que representan cerca del 18% de las ventas de combustibles locales.
El anuncio no solo pone en jaque la continuidad de una de las marcas más históricas del mercado energético argentino, sino también la estabilidad laboral de más de 2.500 empleados, muchos de ellos especializados en áreas críticas como seguridad y respuesta ante emergencias en la refinería. “Están exponiendo nuestras vidas en esas situaciones”, advirtieron trabajadores tras la reducción de personal en áreas sensibles.
La salida de Shell no es un hecho aislado, sino parte de una tendencia que en los últimos meses incluyó a HSBC, Mercedes Benz, ExxonMobil y a otras multinacionales que iniciaron procesos de venta o reestructuración. Equinor, la petrolera noruega, mantiene en evaluación sus activos en Vaca Muerta. El denominador común: un clima económico percibido como hostil para la inversión.
Los factores de fondo son conocidos. El cepo cambiario, que impide girar dividendos al exterior, se suma a la volatilidad macroeconómica, la caída del consumo interno y la incertidumbre política. En el caso energético, la inviabilidad de repatriar utilidades es vista como un obstáculo central que erosiona el atractivo de operar en Argentina, incluso en áreas de alto potencial como Vaca Muerta.
Lo que aparece con claridad es la contradicción entre el discurso oficial y la reacción del capital extranjero. Mientras el presidente Javier Milei insiste en que profundizará su rumbo económico a pesar de la derrota electoral en Buenos Aires, las grandes empresas leen el mensaje en dirección opuesta: menos reglas claras, más exposición al riesgo y, en consecuencia, menor incentivo a permanecer en el país.
La venta de la red Shell no solo implica un golpe simbólico para el mercado energético local, sino que también puede abrir la puerta a un proceso de mayor concentración en pocas manos o, peor aún, a un deterioro del servicio si los nuevos operadores carecen de la espalda financiera y técnica para sostener estándares internacionales.
En definitiva, el caso Shell refleja un dilema mayor: la Argentina se vuelve cada vez menos atractiva para las multinacionales, que optan por desinvertir y trasladar sus capitales a mercados más predecibles. El costo inmediato lo pagan los trabajadores, pero el impacto estructural amenaza con achicar la capacidad productiva, reducir la competencia y debilitar la confianza en la economía local.
