25 de mayo de 2026

“Industricidio”: la multinacional Comeca cierra su planta de Mendoza

La pregunta que deja este episodio es si el país puede sostener un modelo de crecimiento basado en la sustitución de producción nacional por importaciones. Por ahora, los datos y los hechos sugieren que el costo social y económico será mucho más alto de lo que el discurso oficial reconoce. En Mendoza, como en otros rincones de la Argentina, la desindustrialización ya no es un concepto abstracto: es el cierre de fábricas, la pérdida de empleos y el debilitamiento de comunidades enteras.

La crisis industrial en Argentina sigue sumando capítulos dolorosos. Esta vez, la multinacional Comeca anunció el cierre definitivo de su planta de hojalata en San Rafael, Mendoza, tras 22 años de actividad.

La decisión deja sin empleo a una veintena de trabajadores y genera un vacío en la cadena productiva regional que golpea de lleno a cooperativas, productores frutícolas y la industria vitivinícola, dependientes de sus envases metálicos.

La explicación es brutal en su simpleza: importar resulta más barato que producir. Según trascendió, la empresa concluyó que traer envases de hojalata desde el exterior cuesta un 50% menos que fabricarlos en Argentina. El diagnóstico no es nuevo: la apertura indiscriminada de importaciones y los costos internos crecientes erosionan la competitividad de la industria local, llevando a las empresas a una encrucijada entre sostener pérdidas o bajar la persiana.

El caso Comeca no es solo una anécdota provincial. Es la radiografía de un modelo económico que privilegia lo importado en detrimento de la producción nacional. Lo que ocurre en Mendoza resuena en el corazón de la crisis industrial: mientras el Gobierno de Javier Milei insiste en profundizar su programa económico, los actores del sector denuncian un proceso de “industricidio”. La Asamblea de Pequeños y Medianos Empresarios (APYME) fue contundente: “No ven ni quieren ver a la industria local”.

La importancia de la planta mendocina iba mucho más allá de sus 20 empleos directos. Su cierre abre un agujero en la cadena de provisión de envases para frutas, conservas y vinos, sectores estratégicos para la economía regional. Ahora, pequeños productores y cooperativas deberán buscar proveedores más caros y lejanos, quedando a merced de la concentración del mercado y de la volatilidad internacional.

El contraste es evidente: Comeca forma parte de un grupo con presencia en toda América, con más de 20 operaciones desde Canadá hasta Argentina. Sin embargo, elige retirarse del país porque el marco económico argentino se vuelve incompatible con su propia lógica de negocios. En otras palabras, el problema no es la empresa, sino el contexto: una economía donde producir se vuelve un acto de resistencia y no una opción rentable.

El cierre de Comeca refleja una tendencia creciente: la desindustrialización ya no es solo un riesgo futuro, sino una realidad palpable que avanza desde Buenos Aires hacia las provincias. La lógica es lineal: con la apertura importadora, fabricar localmente deja de ser viable; sin industria, se destruyen empleos de calidad; y sin esos empleos, el mercado interno se debilita aún más.

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