«Dopato y gato»: insultos, acusaciones y exabruptos en un cruce entre diputadas
El debate parlamentario se convirtió en escándalo cuando la diputada de UxP, Florencia Carignano lanzó graves acusaciones y comentarios ofensivos contra colegas de otros bloques. El hecho reaviva la discusión sobre la violencia política y los límites del discurso en el recinto.

Una fuerte polémica sacudió este jueves la Cámara de Diputados, luego de que la legisladora Florencia Carignano, de Unión por la Patria, protagonizara un momento de alta tensión durante una intervención cargada de acusaciones e insultos.
En su exposición, la diputada de la oposición señaló que su par Gerardo Milman (PRO) estuvo «dopado con fármacos» durante más de un año, aludiendo a su supuesta vinculación con el atentado a Cristina Kirchner, y lanzó descalificaciones misóginas contra las legisladoras libertarias Nadia Márquez y Lilia Lemoine, a quienes llamó “gato” y “loca”, respectivamente.
El episodio desbordó los límites de la confrontación política habitual y derivó en un cruce encendido con respuestas airadas por parte de las diputadas aludidas. Márquez tomó la palabra para exigir respeto:
“No tengo huevos pero me los inflaron. Que cada vez que habla una mujer de La Libertad Avanza se diga que si es rubia, que si habla mucho, que si es gato… Déjense de joder, loco. Ustedes hablaban de feminismo. No se los voy a permitir”.
Por su parte, Lemoine denunció a través de la red social X que Carignano incurrió en un «comportamiento vergonzoso», reclamando una sanción formal por lo ocurrido. “Es una fiel representante del feminismo K. La transcripción de su vómito de mentiras y veneno va a ser divertida. Hay que sancionar estos comportamientos dentro de la cámara”, escribió.
Más allá del exabrupto: ¿un síntoma de degradación del debate político?
Aunque el cruce se volvió viral por el tono de las expresiones, el incidente pone en discusión un fenómeno más profundo: la creciente violencia simbólica en el Congreso. Lo que debería ser un espacio de deliberación democrática se convierte, cada vez con mayor frecuencia, en escenario de agresiones personales, descalificaciones y discursos cargados de violencia de género.
Paradójicamente, la diputada Carignano, perteneciente a un espacio político que históricamente reivindicó las luchas feministas, incurrió en calificativos misóginos hacia mujeres de otro bloque, visibilizando una contradicción difícil de justificar. El uso del término “gato” —una expresión despectiva con connotación sexual— no solo remite a una lógica patriarcal, sino que contradice abiertamente los principios de respeto e igualdad que el feminismo defiende.
Reacciones y posibles consecuencias
El clima en la Cámara quedó enrarecido tras el altercado, y distintas voces comenzaron a exigir que el cuerpo legislativo actúe para sancionar este tipo de conductas. Aunque el reglamento interno prevé mecanismos de amonestación, históricamente han sido pocas las ocasiones en que se aplicaron sanciones formales por insultos o faltas de respeto en el recinto.
Más allá de las medidas que puedan adoptarse, el episodio refleja una creciente degradación del debate democrático, en el que las diferencias ideológicas se saldan cada vez más con agravios personales en lugar de argumentos. En un contexto social sensible y polarizado, los representantes electos cargan con la responsabilidad de sostener niveles mínimos de civilidad política que permitan canalizar los desacuerdos sin caer en la descalificación ni la violencia simbólica.
Un llamado a la reflexión
Lejos de ser un hecho menor o anecdótico, lo ocurrido en la Cámara expone la necesidad urgente de replantear los códigos de convivencia política y el respeto institucional. Cuando el agravio se convierte en estrategia retórica y el insulto reemplaza a la argumentación, el sistema democrático entero se resiente.
Más que sanciones individuales, quizás lo que se necesita es un acuerdo político transversal que devuelva al Parlamento su rol como espacio de diálogo, incluso —y sobre todo— en la disidencia.
