16 de febrero de 2026

Donald Trump acumula derrotas en bastiones republicanos y se reabre el debate sobre un juicio político

Con la economía bajo presión, tensiones sociales en aumento y señales de erosión en distritos clave, el segundo mandato de Trump transita una fase de mayor vulnerabilidad política. Si las urnas continúan reflejando este patrón, el escenario de confrontación institucional podría intensificarse en los meses previos a las elecciones legislativas.

A un año del inicio de su segundo mandato, Donald Trump enfrenta una secuencia de reveses electorales que alteran el clima político en Washington y encienden alertas dentro del Partido Republicano.

Las derrotas en elecciones especiales —varias de ellas en distritos que habían acompañado con claridad al trumpismo en 2024— configuran un patrón que trasciende lo anecdótico y empieza a leerse como termómetro del humor social.

Uno de los casos más resonantes se produjo en el 60° Distrito de la Cámara de Representantes del estado de Luisiana. Allí, en un territorio que había respaldado a Trump con una ventaja de dos dígitos, la demócrata Chasity Martínez se impuso con amplitud sobre el republicano Brad Daigle. Aunque la banca ya estaba en manos demócratas, el resultado fue interpretado como un retroceso simbólico para el oficialismo: el distrito había mostrado en los últimos años una clara inclinación hacia candidatos republicanos en comicios federales.

El episodio se produjo apenas una semana después de otro traspié en Texas, tradicional bastión conservador. En el Distrito 9, controlado por el Partido Republicano durante más de cuatro décadas, el demócrata Taylor Rehmet logró revertir la tendencia histórica. La elección fue observada a nivel nacional por su valor como indicador del impacto de las políticas migratorias y económicas del gobierno. La derrota en un territorio que Trump había ganado con holgura en 2024 refuerza la percepción de desgaste.

El fenómeno no se limita a estos dos estados. En el último año, los demócratas recuperaron varios distritos en elecciones especiales y sumaron bancas en legislaturas estatales clave como Nueva Jersey y Virginia, mientras que los republicanos no lograron revertir pérdidas significativas. El saldo acumulado —con siete derrotas consecutivas en distintos frentes— alimenta la narrativa de una dinámica adversa para la Casa Blanca.

Este cuadro electoral coincide con un deterioro en los niveles de aprobación presidencial. Encuestas difundidas por medios como Fox News y consultoras como Gallup ubican la desaprobación de Trump en torno o por encima de la mitad del electorado. A pesar de que la administración reivindica avances en la contención inflacionaria, una mayoría de ciudadanos sigue evaluando negativamente la situación económica.

Las tensiones también se expresan en el frente migratorio. El accionar del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), dependiente del Departamento de Seguridad Nacional, ha generado protestas en distintas ciudades, especialmente tras operativos que derivaron en episodios polémicos. Estas controversias impactan en segmentos clave del electorado, en particular entre votantes latinos y jóvenes, donde el oficialismo busca evitar un corrimiento sostenido.

En paralelo, la llamada “batalla cultural” promovida por el trumpismo mostró límites. Las críticas del presidente al artista Bad Bunny tras su actuación en el Super Bowl terminaron amplificando el alcance del músico y dejando al oficialismo en una posición defensiva en redes sociales, un terreno históricamente favorable al movimiento MAGA.

Otro factor que reaparece en la escena es el resurgimiento del caso vinculado a Jeffrey Epstein, cuya documentación desclasificada volvió a generar controversia sobre figuras públicas asociadas a su entorno. Aunque Trump niega cualquier implicación indebida, la reiterada mención de su nombre en los archivos difundidos reaviva cuestionamientos políticos y mediáticos.

En este contexto, incluso voces internas del Partido Republicano comenzaron a expresar inquietud ante la posibilidad de perder el control del Congreso en las próximas legislativas. Una eventual derrota parlamentaria podría habilitar investigaciones más incisivas e incluso reactivar la discusión sobre un proceso de juicio político.

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