Caputo defiende el acuerdo con EE.UU. pero crecen las dudas sobre soberanía y dependencia externa
El entusiasmo de Caputo contrasta con la prudencia de quienes recuerdan que las crisis argentinas rara vez se resolvieron con dólares prestados desde afuera, sino con políticas que fortalecieran el mercado interno y la producción nacional.

El ministro de Economía, Luis Caputo, salió a blindar el entendimiento alcanzado con Estados Unidos, que incluye un swap por 20 mil millones de dólares y la posibilidad de que el Tesoro norteamericano compre directamente pesos argentinos.
Según el funcionario, lejos de implicar una cesión de soberanía, el acuerdo representa un “beneficio mutuo” y constituye, en sus palabras, “la noticia económica más importante de los últimos tiempos”.
La narrativa oficial plantea que Washington decidió apostar a la estabilidad argentina sin pedir condiciones a cambio. Caputo subrayó que “no habrá exigencias que perjudiquen a los argentinos” y que el interés norteamericano responde a la confianza en las reformas impulsadas por Javier Milei. Sin embargo, la visión crítica apunta a un costado menos visible: la creciente dependencia de la política económica local respecto de un actor externo que, por definición, no actúa guiado por altruismo sino por intereses estratégicos.
La afirmación del ministro de que “no hay pérdida de soberanía” contrasta con experiencias pasadas en las que los acuerdos financieros con potencias o con organismos multilaterales implicaron condicionamientos explícitos o implícitos en materia de política económica, comercial e incluso geopolítica. Si bien Caputo insiste en que Estados Unidos “no pide nada a cambio”, el hecho de que la mayor potencia del mundo se convierta en un actor directo en el mercado de pesos argentinos supone un nivel de injerencia sin precedentes, que difícilmente pueda explicarse solo por confianza en el rumbo económico.
Más allá de la retórica de “beneficio mutuo”, la apuesta norteamericana tiene una lectura estratégica: consolidar a la Argentina como socio regional frente al declive del swap con China y alinear al gobierno de Milei con los intereses geopolíticos de Washington. La contracara de ese alineamiento es que el margen de maniobra del país en materia de política exterior y económica se reduce, a riesgo de hipotecar la capacidad de decisión soberana.
En lo inmediato, el acuerdo otorga un alivio financiero y un respaldo simbólico a Milei en medio de la recesión. Pero, en perspectiva, la pregunta es si la dependencia de un salvataje externo fortalece al país o lo ata a un esquema de subordinación.
