9 de mayo de 2026

Canasta básica: la pobreza se mide en millones y el alivio sigue sin llegar

La canasta básica expone lo que los datos macro no logran disimular. La estabilidad relativa de agosto es apenas un respiro estadístico en un escenario donde la pobreza ya no se mide en porcentajes sino en millones de pesos necesarios para vivir.

El INDEC informó que en agosto una familia tipo necesitó $1.160.780 para no caer bajo la línea de pobreza y $520.529 para no ser indigente.

Si bien la variación mensual fue apenas del 1%, tanto en la canasta básica alimentaria como en la total, el dato encierra una paradoja: la pobreza se expresa hoy en cifras millonarias, mientras que los salarios, aun en los sectores formales, corren detrás de esos umbrales con creciente dificultad.

En términos interanuales, el incremento del 23,5% refleja que la inflación en los bienes y servicios esenciales —los que no pueden postergarse— avanza a un ritmo que erosiona sistemáticamente la capacidad de consumo.

Más aún, el aumento acumulado en lo que va del año muestra un 15,8% para la canasta alimentaria y un 13,3% para la canasta total, porcentajes que se ubican por debajo del índice general de precios, lo que deja planteada una sospecha: ¿es real la desaceleración en los indicadores de pobreza o responde a un reacomodamiento metodológico que busca sostener la narrativa oficial de desinflación?

El contraste regional y social vuelve a ser un factor crítico. Para un hogar de tres integrantes, el umbral de pobreza se fijó en $924.116, mientras que una familia de cinco necesitó $1.220.885. Estos valores, más allá de la frialdad estadística, muestran la distancia entre el costo de vida y los ingresos efectivos de millones de argentinos que dependen de salarios mínimos, jubilaciones o planes sociales. La foto es clara: incluso con estabilidad en el índice mensual, la línea de pobreza sigue lejos del bolsillo promedio.

El problema central es que el descenso en la velocidad de la inflación no se traduce en una mejora perceptible para los sectores más castigados. La brecha entre precios y salarios se mantiene abierta, y el costo de los bienes básicos continúa siendo la vara que define la exclusión social. La política económica, centrada en el ajuste monetario y la disciplina fiscal, parece haber encontrado un límite: contener los números no significa resolver la crisis distributiva.

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