Whirlpool abandona la producción en Argentina y pone en venta su planta de Pilar, 220 empleos a la calle
La salida industrial de Whirlpool de la Argentina suma un nuevo capítulo. La multinacional estadounidense puso en venta la planta de lavarropas de Fátima, en el partido bonaerense de Pilar, apenas cuatro años después de haberla inaugurado con una inversión de US$52 millones.

El cierre de la fábrica, concretado en noviembre de 2025, significó además la pérdida de unos 220 puestos de trabajo.
El destino del establecimiento expone una paradoja difícil de soslayar: un complejo presentado en 2022 como una apuesta estratégica para desarrollar producción nacional y convertir al país en una plataforma exportadora terminó transformándose en un activo inmobiliario.
La planta, que llegó a proyectar una producción anual de hasta 300.000 lavarropas, ahora busca comprador. Ubicado sobre la Ruta Nacional 8, dentro del Polo Pilar, el predio posee 120.693 metros cuadrados de superficie y 30.453 metros cuadrados cubiertos. La comercialización está en manos de JLL y, aunque Whirlpool no difundió oficialmente el precio solicitado, estimaciones del mercado ubican el valor del complejo entre US$17 millones y US$21 millones.
La diferencia entre los US$52 millones desembolsados originalmente y el valor estimado de venta actual constituye uno de los datos más significativos del proceso. No se trata solamente del cierre de una fábrica, sino del fracaso de un proyecto que había sido anunciado como una inversión de largo plazo y que, en menos de cuatro años, dejó de cumplir la función para la que fue concebido.
De la expansión al cierre
Cuando Whirlpool inauguró la planta de Fátima en octubre de 2022, el proyecto despertaba expectativas de expansión industrial. La empresa había diseñado una línea con capacidad para fabricar un lavarropas aproximadamente cada 40 segundos y proyectaba alcanzar las 300.000 unidades anuales, destinando cerca del 70% de la producción a los mercados externos, principalmente Brasil.
Durante 2023, el primer año completo de actividad, la fábrica llegó incluso a incorporar un segundo turno y retomó las exportaciones hacia el mercado brasileño. Sin embargo, aquella expansión tuvo una duración limitada.
En mayo de 2024, la empresa eliminó uno de los turnos y redujo su dotación en aproximadamente 60 trabajadores. El deterioro continuó hasta que, el 26 de noviembre de 2025, Whirlpool confirmó el cierre definitivo de la planta y el abandono de la fabricación de lavarropas en el país.
La propia compañía argumentó que la operación no había conseguido alcanzar los niveles de eficiencia y competitividad necesarios para garantizar su continuidad. El argumento empresarial pone sobre la mesa una cuestión de fondo: qué condiciones necesita la Argentina para que una inversión industrial pueda sostenerse en el tiempo y no termine siendo desplazada por modelos productivos radicados en otros países.
El cierre no significó la desaparición de Whirlpool del mercado argentino. La compañía conserva su estructura comercial y continúa vendiendo electrodomésticos, ofreciendo distribución, garantías y servicio técnico a través de Whirlpool Argentina S.R.L.
La empresa dejó de fabricar lavarropas en territorio argentino y pasó a abastecer el mercado mediante unidades producidas en otras plantas, con Brasil como uno de los principales proveedores. De esta manera, Whirlpool mantiene su presencia comercial, pero ya no sostiene una estructura industrial propia en el país.
El fenómeno refleja una transformación más amplia: una compañía internacional puede continuar operando, comercializando y desarrollando su marca en la Argentina sin necesidad de mantener aquí la etapa de fabricación.
Detrás de la operación inmobiliaria existe además un impacto concreto sobre el empleo. Alrededor de 220 trabajadores quedaron afectados por el cierre de la planta, después de haber formado parte de un proyecto que pocos años antes era presentado como una importante apuesta industrial.
La secuencia resulta significativa: inversión y apertura en 2022, crecimiento y exportaciones en 2023, reducción de turnos y puestos laborales en 2024 y cierre definitivo en 2025. Ahora, en 2026, la planta dejó de ser un establecimiento productivo para convertirse en una propiedad en venta.
El caso vuelve a plantear el debate sobre la sustentabilidad del empleo industrial frente a un escenario de mayor competencia externa.
Si producir localmente deja de resultar competitivo frente a los bienes importados, las empresas tienen incentivos para trasladar la fabricación hacia mercados donde los costos sean menores.
El problema es que esa decisión puede generar un efecto acumulativo sobre proveedores, trabajadores y capacidades productivas que no resulta sencillo reconstruir posteriormente.
De fábrica modelo a activo inmobiliario

La infraestructura que Whirlpool construyó en Pilar está lejos de ser un simple galpón. El complejo dispone de 12 docks de carga, dos rampas, unas 2.000 posiciones de racks y distintos sistemas destinados a una operación industrial de gran escala.
Cuenta además con tratamiento de efluentes, instalaciones de agua industrial y aire comprimido, red contra incendios, grupo electrógeno, oficinas, comedor, vestuarios y showroom.
El terreno también permitiría ampliar la superficie construida en unos 50.000 metros cuadrados adicionales, lo que lo convierte en un activo atractivo para operadores logísticos o nuevas industrias.
Pero la paradoja permanece: una infraestructura diseñada para producir electrodomésticos y generar exportaciones ahora puede terminar destinada a otra actividad.
El contexto de las importaciones
La salida de Whirlpool se produjo además en un escenario de creciente presencia de productos importados en el mercado argentino.
La mayor disponibilidad de electrodomésticos provenientes del exterior, junto con la presión de productos fabricados en países con estructuras de costos diferentes, incrementó las dificultades para la producción nacional.
En este contexto, el caso Whirlpool puede leerse como algo más que una decisión empresarial aislada. Es también una señal sobre el nuevo mapa industrial que comienza a configurarse: empresas internacionales que mantienen sus marcas y redes comerciales en Argentina, pero trasladan la fabricación hacia otros países.
La discusión no pasa necesariamente por cerrar las fronteras a las importaciones, sino por determinar si la apertura comercial estará acompañada por condiciones que permitan a las industrias locales invertir, competir, innovar y sostener empleos de calidad.
El recorrido de la planta de Pilar sintetiza una contradicción central. En 2022, Whirlpool apostó US$52 millones a la producción local y prometió convertir el establecimiento en una plataforma regional de fabricación y exportación.
Cuatro años después, la fábrica está cerrada, unos 220 trabajadores quedaron fuera del proyecto y el inmueble fue colocado nuevamente en el mercado.
El caso obliga a mirar más allá de los anuncios de inversión y preguntarse cuánto de esos proyectos logra consolidarse como capacidad productiva permanente.
