24 de mayo de 2026

«Parásitos mentales», el odio como estrategia: la violencia verbal de Javier Milei no tiene limites

En tono electoral y sin ningún tipo de límite institucional ni político, el mandatario denigró a sus opositores con expresiones como «parásitos mentales» y «orcos infumables», en una preocupante profundización del clima de hostilidad que caracteriza su retórica desde que asumió el poder.

Ph: m1

El presidente Javier Milei volvió a utilizar un escenario público, esta vez una cena de recaudación para La Libertad Avanza en Puerto Madero, como plataforma para desplegar un discurso cargado de insultos, descalificaciones y violencia simbólica.

El evento, realizado en el Yacht Club de Puerto Madero y destinado a reunir fondos para las elecciones legislativas de septiembre y octubre, sirvió como excusa para redoblar la apuesta en su enfrentamiento con el peronismo, el kirchnerismo, el feminismo, los gobernadores, la prensa y buena parte del sistema democrático en general. Envalentonado por la adhesión de su círculo más estrecho, Milei transformó el micrófono presidencial en un altavoz del odio.

Durante su intervención, retomó los dichos del ideólogo ultraderechista chileno Axel Kaiser, quien afirmó que los sectores progresistas padecen “parásitos mentales” y tienden a volverse “violentos” por su sistema de creencias. Lejos de tomar distancia de una declaración que patologiza ideologías, Milei la hizo propia con entusiasmo: “Enfrente tenemos unos orcos infumables. Como dice Axel Kaiser: parásitos mentales. Tienen la cabeza llena de todas las porquerías malas”, exclamó.

Estas expresiones, más propias de un foro anónimo de internet que del discurso de un jefe de Estado, no solo son impropias de la investidura presidencial, sino que alimentan un clima de polarización extrema en una sociedad ya sacudida por la crisis económica, los despidos masivos y un crecimiento preocupante del malestar social.

Desde la llegada de Milei a la Casa Rosada, la agresividad verbal dejó de ser un recurso de campaña para convertirse en parte constitutiva de la política gubernamental. En lugar de convocar a consensos o garantizar derechos básicos como la salud, la educación o el trabajo, el mandatario parece preferir una confrontación permanente, donde el insulto es estrategia y la deshumanización del adversario, método.

La retórica de Milei no es una simple provocación, sino un discurso de odio que busca anular al otro como sujeto político legítimo. Llamar “parásitos” a quienes piensan distinto no es solo un gesto de desprecio: es una forma de justificar, bajo una lógica pseudobiológica, que esos “otros” no merecen ni voz ni espacio en la esfera pública. Históricamente, esta clase de lenguaje ha precedido acciones autoritarias y represivas. No es exagerado recordar que la violencia simbólica suele ser el primer paso hacia formas más concretas de exclusión y persecución.

Además, la violencia discursiva del presidente contrasta con su pretendida defensa de la “libertad”. En su versión, la libertad solo parece valer para quienes lo aplauden o lo financian. Para el resto —feministas, militantes sociales, periodistas críticos, gobernadores que reclaman fondos, docentes, sindicalistas, artistas, estudiantes— solo hay desprecio, burla o amenazas.

El peligro de este modelo de comunicación presidencial es múltiple: destruye puentes sociales, bloquea el diálogo democrático y legitima la violencia como herramienta de poder. Y en este contexto, los discursos no son inocuos. La Argentina arrastra una historia dolorosa de intolerancia y persecución política. Por eso, que un presidente ataque a sus adversarios con términos inhumanizantes no puede ni debe naturalizarse.

Javier Milei no está solo en este camino: sectores de su espacio festejan cada exabrupto como una muestra de autenticidad. Pero la autenticidad sin responsabilidad es una forma de demagogia peligrosa, sobre todo cuando quien la ejerce tiene el poder de decidir sobre millones de vidas.

En tiempos de crisis, los liderazgos que promueven el odio pueden prender fuego a lo que queda del tejido democrático. Y cada palabra que deslegitima, caricaturiza o insulta al otro es una piedra más en ese incendio. Milei no solo sigue echando leña: lo hace con el aplauso de los suyos y con una impunidad que debiera alertar a toda la sociedad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *