«No es no es un sketch de Capusotto»: Un candidato del Pro propone que la IA resuelva los juicios laborales
¿La próxima? Juicios por Zoom con jurado en el metaverso y sentencias dictadas por ChatGPT. Total, el ajuste también se puede tercerizar.

En lo que parece una escena descartada de Black Mirror versión criolla, el candidato a legislador porteño del PRO, Juan Pablo Chiesa, propuso que la inteligencia artificial reemplace a jueces y abogades en los juicios laborales. Sí, leyó bien: según Chiesa, la IA podría “reventar los juicios laborales” y acabar con “la joda” judicial, como si los trabajadores que reclaman años de sueldos impagos estuvieran haciendo una especie de reality show sindical.
“Un Gran Hermano laboral”, lo definió sin ruborizarse, con la ilusión de que los algoritmos puedan escanear recibos, mails y chats de oficina para anticipar dónde va a explotar el próximo conflicto, todo sin que un solo humano tenga que levantar la vista del Excel. ¿Justicia digitalizada o panóptico del siglo XXI? Según Chiesa, lo primero. Según cualquier persona con nociones básicas de derechos laborales, lo segundo (y bastante preocupante).
La propuesta, disfrazada de eficiencia procesal, ya desató alarma en sectores sindicales, académicos y judiciales. ¿Los motivos? Variados y no menores: falta de transparencia algorítmica, riesgo de sesgos, pérdida del componente humano en conflictos laborales y, sobre todo, una sospechosa obsesión con agilizar los juicios… solo cuando el que demanda es el trabajador.
“¿Qué pasaría si un sistema predice que vas a perder tu juicio antes de empezarlo?”, se preguntan especialistas. ¿Aceptarías un mal acuerdo solo porque la IA dijo que no tenés chances? ¿Y si esa misma IA fue entrenada con datos que históricamente favorecen a los empleadores? Bienvenidos al nuevo fetiche del ajuste: una justicia exprés que resuelve en segundos lo que, con suerte, debería analizarse con tiempo, pruebas y empatía.
Chiesa insiste en que esto no es un chiste. Y tiene razón: cuando las propuestas distópicas se convierten en plataformas de campaña, ya no dan risa. Dan miedo. Mientras tanto, los derechos laborales siguen esperando algo más humano que un chatbot con toga.
