Murió Raúl Guglielminetti: una vida atravesada por el terrorismo de Estado, la impunidad y el silencio
Guglielminetti murió en su casa de Mercedes, lejos de las víctimas y de la verdad que nunca quiso revelar. Su muerte no clausura las deudas de la sociedad argentina con la memoria, la justicia y la verdad, pero sí confirma una constante: muchos de los responsables del terrorismo de Estado eligieron llevarse a la tumba la información que podría haber aliviado, aunque sea en parte, el dolor de miles de familias.

Raúl Guglielminetti, uno de los represores más emblemáticos del aparato clandestino de la última dictadura militar, murió este jueves a los 84 años sin haber aportado un solo dato que ayudara a reconstruir el destino de las personas desaparecidas.
Multicondenado por delitos de lesa humanidad, falleció bajo el beneficio de la prisión domiciliaria, concedida meses atrás por razones de salud, y cerró su vida como la transitó durante décadas: aferrado al pacto de silencio que garantizó la impunidad de muchos de sus cómplices.
Conocido como “El Ronco” o “Mayor Guastavino”, Guglielminetti fue una pieza clave del Batallón de Inteligencia 601, columna vertebral del terrorismo de Estado. Actuó en centros clandestinos paradigmáticos como Automotores Orletti,
El Olimpo y el Club Atlético, y fue señalado por sobrevivientes como un represor particularmente cruel. Su accionar incluyó secuestros, torturas sistemáticas y prácticas de humillación extrema, especialmente contra mujeres, que revelan no solo una lógica represiva sino también un ejercicio personal del sadismo.
El prontuario de Guglielminetti no se agotó con el final formal de la dictadura. Su presencia como custodio del presidente Raúl Alfonsín en los primeros años de la democracia expuso la persistencia de estructuras de inteligencia paralelas y la dificultad del Estado para desmantelar completamente los engranajes del terror. Integrante del grupo conocido como “Alem”, su figura se convirtió en símbolo de las continuidades entre el régimen militar y sectores del poder democrático incipiente.
Lejos de mostrar arrepentimiento, el represor cultivó una imagen de arrogancia y provocación. En declaraciones judiciales llegó a reivindicar la posibilidad de actuar al margen de la ley, mientras que en entrevistas periodísticas exhibía sin pudor una colección de esvásticas, banalizando el horror con explicaciones cínicas.
Antes del golpe de 1976, incluso había transitado espacios civiles como el periodismo y la intervención de la Triple A en la Universidad del Comahue, lo que refuerza la idea de una violencia política que desbordó los cuarteles.
En sus últimos años, su nombre volvió a cobrar notoriedad cuando recibió en la cárcel de Ezeiza a diputados de La Libertad Avanza, a quienes entregó un listado de propuestas orientadas a obtener beneficios judiciales.
El episodio reavivó el debate sobre los vínculos entre sectores de la política actual y los responsables del genocidio, así como sobre los límites de una democracia que aún convive con las sombras de su pasado.
