Misterio y anonimato en torno a la mujer de cemento que mira el mar
El domingo, envuelta en el misterio y jugando un juego de anonimatos, apareció desnuda y mirando al mar. Es la estatua de una mujer sin nombre y sin firma de autor. Sólo está allí para recordarnos que el mar es tan grande que la experiencia resulta única.

Apareció de la nada, como por arte de magia, como si siempre hubiera estado allí, en el lugar más visitado de Mar del Plata y despertó la curiosidad y el asombro de los marplatenses y turistas que la descubrieron y que desconocen cómo, cuándo y por qué fue emplazada en una de las playas más populares de “La Feliz”.
Es una mujer, una escultura enclavada sobre una roca, sentada y con las piernas juntas sobre su pecho en una actitud de recogimiento general cuya belleza trasciende los pensamientos, sentimientos y acciones humanas.
Con su cabeza levemente inclinada hacia atrás y casi recostada sobre su hombro izquierdo, mirando el mar, como si experimentara en su propia piel de cemento esa sensación de impotencia y subordinación ante la inmensidad que se extiende delante de sus ojos.
Y el silencio tenso, desnudo, abrumador de una expresión artística que grita y no calla.

El autor de la obra es desconocido y por el momento continúa de esa manera, a tal punto que desde el municipio de General Pueyrredón convocaron por redes sociales al artista con intenciones de que obtuviese los permisos para dejarla allí.
Es más, mañana, con el retorno de la actividad oficial después del feriado de carnaval, se realizará un acto administrativo a través de la Secretaría de Cultura para que se regularice el proceso de emplazamiento de la estatua que ofició como un disparador de ideas para abrir corredores artísticos en la ciudad.
La sorpresiva aparición de la mujer mirando el mar acaparó la atención de miles de personas, residentes y visitantes que no resisten la tentación de tomarse una fotografía en uno de los paseos más lindos de la ciudad.
Sentada en la playa, mientras rompen las olas en las rocas, ella mira la línea infinita del horizonte como si intentara detener en su silencio cada movimiento en vaivén de la enormidad del mar, que de vez en cuando acaricia con manos de agua y sal, su rostro petrificado.
